Galilea
El territorio entre el Jordán y el lago de Genesaret en el este, la llanura de Yizreel por el sur, y la frontera fenicia por el oeste, fue el país de “Galilea.” Por el norte es difícil trazar la frontera, si al nombre se le da un sentido político. “Galilea” (Galil) fue originariamente una designación geográfica, sin que sepamos en qué se apoya. En Isaías aparece una vez la designación de haggalil haggoyim (Isa 8:23), es decir, círculo o territorio de los pueblos (gentiles); pero ello podría ser ya una explicación (Mat 4:15). Desde la época de los Macabeos, “Galilea” equivalía a la provincia septentrional del reino de Judá. Tras la división del reino a la muerte de Herodes correspondió a la tetrarquía de Herodes Antipas.
Galilea es un territorio fértil, con agua abundante, sobre todo en el norte, en la Galilea superior; su clima es favorable a los árboles y campos en la llanura de Genesaret, de una belleza esplendorosa; “a lo largo de diez meses se pueden obtener cosechas” y cada palmo de tierra se puede cultivar, según un viejo proverbio rabínico. De ahí que estuviera muy poblada, contando con grandes aldeas y ciudades: Tiberíades, Cana, Cafarnaúm, y muchos varones, como destaca expresamente Flavio Josefo.
Galilea estuvo ocupada por las tribus de Isacar, Neftalí, Zabulón y Aser; pero el territorio nunca fue sede de un asentamiento puramente israelita, ni siquiera antes de la destrucción del reino del norte. Incluso en tiempos de David y Salomón estuvo habitado por cananeos. Tras la reducción de la población israelita por la deportación en los años 725/722 a.C., el cambio demográfico fue aún mayor con los llegados de Mesopotamia y después que el territorio entró en la historia como provincia asiría, neobabilónica y persa, y como parte del imperio de Alejandro Magno y del reino de los Seléucidas. Con los inmigrados, la población llegó a formar un extraño conglomerado de israelitas, medos, arameos, árabes, fenicios y griegos, que en la marmita del helenismo constituyeron un pueblo mestizo de cultura griega. Cuando estalló la rebelión macabea, había en Galilea tan pocos israelitas puros que Simón Macabeo consideró conveniente desde un punto de vista político y religioso trasladar el resto a Judea (1Ma 5:23), al no poder arrancar el país del reino de los Seléucidas. De todos modos, Aristóbulo I conquistó más tarde aquella franja de terreno (104 a.C.) e impuso por la fuerza una judaización (la circuncisión y el cumplimiento de las leyes del culto). Y aunque con el tiempo aquel judaísmo galilaico acabó convirtiéndose en un judaísmo genuino, por lo que respecta a la escrupulosidad cultual no dejó de ser el ala liberal. Por ello hubo pocos fariseos en Galilea y pocos maestros de la Ley. La población en su mayor parte no tenía vinculación alguna con las tribus antiguas, como lo refleja entre otras cosas el hecho de que de ninguno de los discípulos de Jesús, que con la excepción de Judas Iscariote eran todos galileos se trace la ascendencia tribal.
En líneas generales el carácter del pueblo era bronco, combativo y revolucionario. Cuando se iniciaron los movimientos mesianistas del período romano, los más exaltados y radicales fueron aquellos galileos de judaísmo reciente. Lo que tampoco deja de tener importancia para enjuiciar a los discípulos de Jesús, que vivió y actuó en Galilea. Hasta las mujeres de la región parecen haber estado animadas de un sentimiento y celo nacionalistas. En la guerra romano-judía los señores del mundo tuvieron en cuenta el carácter de aquella gente y, antes de marchar contra Jerusalén, empezaron aplastando la resistencia en Galilea.
En tiempo de Jesús los galileos estaban culturalmente más cerca del helenismo que del judaísmo puro de Judea. Y como la ocupación del país desde los comienzos del período romano en Palestina (63 a.C.) volvió a hacerse con inmigrantes griegos o que hablaban griego, los “judíos” galilaicos del tiempo de Jesús volvieron a vivir en medio de gentes griegas. Por ello es probable que la mayor parte de los galileos, además del arameo, hablasen también griego. En cierto modo ocupaban la posición media entre los “hebreos” y los “helenistas” del judaísmo. Esa posición media pudo precisamente capacitar para el cometido misionero a los apóstoles, que fuera de Judas Iscariote eran todos galileos.
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