Vigilia Pascual
Es la celebración más importante del año litúrgico, siendo el eje central del mismo, hasta el punto de que San Agustín la denominaba ya «la madre de todas las vigilias», en unos momentos en que su sentido era diferente al actual.
Se celebra en la madrugada del Domingo de Pascua y conmemora el triunfo de Cristo en su gloriosa Resurrección.
El celebrante utiliza ornamentos blancos y se inicia en el exterior del templo, donde previamente se ha encendido una pequeña hoguera de la que, tras ser bendecida, se toma una tea con la que se enciende el cirio pascual, símbolo de Cristo, con el que se inicia la procesión hacia el interior del templo, que permanece con todas sus luces apagadas. Quien lo porta, sea el celebrante o un diácono, efectúa tres paradas en su recorrido por la nave central, en las que canta: «Luz de Cristo», a lo que los fieles responden: «Demos gracias a Dios».
Al llegar al presbiterio, el cirio es colocado en el candelero situado en el mismo, siendo incensado por el celebrante. Mientras tanto se ilumina parcialmente el templo, y de la llama del cirio se encienden las candelas que suelen portar los asistentes.
Inmediatamente el diácono o quien lo sustituya procede a cantar el hermoso pregón pascual. Seguidamente se proclaman siete textos del Antiguo Testamento: el primero y el segundo del Génesis; el tercero del Éxodo; el cuarto y el quinto del profeta Isaías; el sexto del profeta Baruc; y el último del profeta Ezequiel. Al término de cada lectura se entona o lee un salmo, seguido por la oración que reza el celebrante.
Al iniciar el canto del Gloria, se encienden todas las luces del templo, mientras suenan las campanas de la torre y las campanillas del interior que habían permanecido en silencio desde el día de Jueves Santo. En ese momento, también se procedía a descorrer los velos que ocultaban los altares.
Después de la oración colecta se lee un fragmento de la Epístola de San Pablo a los Romanos con el salmo 117, cantando solemnemente el Aleluya. A continuación se proclama el Evangelio que narra la Resurrección de acuerdo con la versión del evangelista correspondiente al ciclo del año. Termina esta primera fase de la celebración con la homilía.
Comienza entonces la liturgia bautismal, procediendo a la bendición del agua de la pila en la que serán bautizados los niños o catecúmenos, si los hubiera. Es un rito especial en el que se sumerge el cirio en la pila, de la que se tomará el agua con la que se realizará la aspersión de los asistentes, tras efectuar la renovación de sus promesas bautismales, manteniendo de nuevo encendidas las candelas. Siempre que es posible, en el transcurso de esta parte de la celebración se cantan las Letanías de los Santos.
Continúa la celebración de la Eucaristía de la forma habitual que termina con la bendición propia de ese día. Está prescrito que al final se cante el Magnificat, aunque con mucha mayor frecuencia se entona el Regina Coeli, como felicitación a la Virgen por la Resurrección de su Hijo.
Es frecuente, que la comunidad se reúna después en torno a un pequeño refrigerio que viene a poner de manifiesto el carácter singular y festivo de lo que se acaba de celebrar.
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