Subsidio eclesiástico
También conocido con el nombre de décima, era un impuesto directo sobre los bienes propiedad de la Iglesia, establecido en 1561 por el Papa Pío IV, para contribuir al esfuerzo realizado por la corona española «para mantener la defensa de la cristiandad contra los herejes». Por lo tanto, quien lo percibía era el monarca, a través de la Comisaría de la Santa Cruzada.
Inicialmente se fijó en una contribución anual de 420.000 ducados que debían repartirse entre los distintos obispados y afectaba tanto a los bienes de los mismos y de las parroquias como de las cofradías, dado que también ellas poseían bienes inmuebles, fruto de legados, con los que se mantenían. Los especialistas han estimado que su importe era aproximadamente de un 3,6% de los beneficios.
El subsidio, junto al otro impuesto del excusado y a la Bula de la Santa Cruzada formaban parte de las denominadas «Tres gracias» específicamente españolas concedidas por la Santa Sede a la Corona.
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