Sibila
Las sibilas eran personajes que, en la antigüedad clásica, ejercían como profetisas en determinados santuarios, tras alcanzar un estado de trance. La más conocida fue la Sibila de Delfos, pero también alcanzó gran importancia entre los romanos la Sibila de Cumas.
Sorprendentemente, estos personajes fueron aceptados por el Cristianismo, asimilándolos a los profetas, por considerar que habían vaticinado la llegada del Mesías, así como la Parusía final.
Fue San Agustín quien, en su obra La ciudad de Dios, relata que el procónsul Flavinao le mostró un códice con unos versos de la sibila Eritrea cuyas primeras letras formaban el acróstico «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador». Esta teoría fue difundida por otro obispo de Cartago, Quodvuldeus, dando origen a la asimilación de estas supuestas profetisas paganas, cuyo número suele ser de diez, pero que en determinadas ocasiones llegó a convertirse en doce, equiparándolas al número de los apóstoles.
Fueron representadas en numerosas ocasiones, entre ellas en la Capilla Sixtina por Miguel Ángel, pero antes ya encontramos una Sibila en el pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela y, en otros lugares como la basílica de Santa María la Mayor de Roma o la iglesia de Sant’Angelo de Formis.
En el Dies irae del franciscano Tomás de Celano, al que se hace mención en otro apartado, también se cita a una Sibila y, por otra parte, desde el siglo IX se popularizó el llamado «Canto de la Sibila», una representación teatral cantada que constituía el cierre del Ordo y que ha llegado hasta nuestros días, como ocurre en Mallorca, habiendo sido incluido por la UNESCO entre el Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
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