Sermón
Dentro de la Oratoria Sagrada el sermón ha sido, tradicionalmente, una de sus más completas expresiones siguiendo las técnicas propias de los discursos clásicos y con unas partes perfectamente estructuradas.
Aunque su complejidad podía ser mucho mayor, los sermones que hemos llegado a conocer comenzaban con una cita bíblica en latín, el tema, seguida de una introducción preparatoria, conocida con el nombre de protema, con la que el predicador intentaba captar la atención del público haciendo uso, si era preciso, de algún recurso dialéctico. Esta parte finalizaba con el rezo de una oración, generalmente el Avemaría, para solicitar la ayuda de Dios en la exposición que seguía.
Inmediatamente después, tras el saludo dirigido a autoridades y fieles, se volvía a presentar el tema y la estructura del sermón en varias partes que se desarrollaban, a continuación, con el correspondiente apoyo de citas bíblicas. El sermón terminaba con una recapitulación de lo tratado en forma de conclusión.
Había diferentes tipos de sermones entre los que destacaba, por su frecuencia, los panegíricos que, en todas las localidades, se encargaban a predicadores de prestigio, con motivo de la festividad de su correspondiente Patrón. También fueron muy importantes los oraciones fúnebres pronunciadas durante las exequias de personajes señalados que, con frecuencia, llegaban a editarse.
Otra predicación importante corría a cargo del Cuaresmero, generalmente un religioso, a quien se le encomendaba pronunciar un sermón durante los viernes del período cuaresmal.
El sermón, a diferencia de la homilía era una pieza mayor dentro del arte de la oratoria y debe ser considerada en un marco muy diferente del actual. El predicador, además de los recursos oratorios necesarios, debía tener buena voz, al no disponer de los elementos de amplificación que existen ahora. Hablaba desde el púlpito y para facilitar su labor se llegaron a diseñar iglesias adaptadas a ella, lo que conocemos como iglesias de predicación.
La evolución del sermón fue larga, y corrió paralela al desarrollo de la oratoria. La Iglesia puso especial empeño en que hubiera predicadores preparados para este cometido. No todos los sacerdotes lo estaban. Por otra parte, surgieron órdenes religiosas especializadas en esta tarea. El caso más paradigmático es el de los dominicos. De hecho, la orden se llamó «de predicadores». Pero no fue la única.
Tras las reformas impulsadas por el Concilio Vaticano II, el sermón en su antigua concepción desapareció prácticamente. La homilía se convirtió en el eje central de la predicación, especialmente como una parte sustancial dentro de la Liturgia de la Palabra en la celebración de la Santa Misa.
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