Rito mozárabe
Hasta la implantación del rito gregoriano, en la península ibérica existía un rito propio, el llamado rito mozárabe que contaba con una larga tradición que arrancaba desde los primeros siglos de difusión del Cristianismo.
Fue en el monasterio de San Juan de la Peña, del reino de Aragón, donde por vez primera se implantó el nuevo rito y en la corona de Castilla fue adoptado por decisión de Alfonso VI, en 1080. Únicamente se permitió el mantenimiento del rito mozárabe en San Isidoro de León, actual colegiata, que era un monasterio femenino, vinculado a la casa real y cuya abadesa se mostró reacia a la reforma.
Pero, en 1085, se conquistó Toledo y allí había una comunidad mozárabe que había soportado la dominación musulmana y que tampoco quiso cambiar lo que consideraban una seña de identidad. No sólo se les permitió, sino que, siglos más tarde, el cardenal Cisneros, al percatarse del valor cultural del antiguo rito, creó en su catedral una capilla mozárabe en la que, junto con la colegiata de San Isidoro, ha pervivido hasta nuestros días.
Fue el Papa San Juan Pablo II quien autorizó, por iniciativa del cardenal D. Marcelo González, el uso de este rito en otros lugares de España y, desde entonces, se celebran ocasionalmente misas, utilizando el Nuevo Misal Hispano-Mozárabe que fue difundido en 1992, tras una profunda revisión de las fuentes antiguas. Curiosamente, el propio Papa lo utilizó el 28 de mayo de ese año, siendo el primer Pontífice en celebrar según el rito mozárabe.
Por destacar algunas diferencias con el rito latino y centrándonos en la celebración de la Eucaristía, cabe señalar que la oblata se prepara nada más subir al altar. La Misa consta también de dos partes, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística. En la primera siempre hay dos lecturas, antes de la proclamación del Evangelio. El Sanctus, llamado Trisagium, se entona después del Ofertorio y antes de la consagración, seguido de la conmemoración de los apóstoles, santos y difuntos, continuando con el beso de la paz, antes del prefacio.
Quizás es el canon donde se advierten mayores diferencias. El Symbolum o Credo se reza después del mismo. Una peculiaridad significativa la ofrece la fracción de la hostia, que se divide en nueve partes, cada una con su nombre, las cuales se colocan ordenadamente sobre la patena.
Es después de ella cuando se reza el Padrenuestro, se da la bendición a los fieles y se procede a distribuir la comunión. Como despedida se utiliza la frase «Solemnia completa sunt».
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