Rito de reconciliación de un lugar sagrado
El vigente Código de Derecho Canónico establece que los lugares sagrados quedan violados cuando, con escándalo de los fieles, se cometen en ellos actos gravemente injuriosos que, a juicio del Ordinario del lugar, revisten tal gravedad y son tan contrarios a la santidad del lugar, que en ellos no se puede ejercer el culto hasta que se repare la injuria por un rito penitencial a tenor de los libros litúrgicos.
Ese rito penitencial se realiza de acuerdo con lo prescrito en el Ceremonial de Obispos en el que se indica que los delitos que se cometen en una iglesia, afectan y hieren en cierta manera a toda la comunidad de los creyentes en Cristo, de quienes el edificio sagrado es signo e imagen. De especial gravedad son los delitos cometidos contra las especies eucarísticas o los que entrañan desprecio hacia la Iglesia, así como los que ofenden gravemente la dignidad del hombre y de la sociedad humana, como el homicidio perpetrado en el interior del templo.
Corresponde al Ordinario del lugar, evaluar la gravedad del delito y determinar que si, por ser tan contraria una acción a la santidad del lugar, no es lícito realizar el culto allí, mientras no se repare la injuria.
Lo habitual es que la reparación se lleve a cabo lo antes posible, presidida por el Obispo para significar que no sólo la comunidad del lugar, sino también toda la Iglesia diocesana se asocia a la celebración y que está dispuesta para la conversión y la penitencia. Mientras tanto, hay que desnudar el altar y quitar los signos que ordinariamente expresan alegría y gozo, como son las luces encendidas, las flores u otros signos parecidos.
La celebración penitencial ha de ser preferentemente una celebración eucarística, pues así como una nueva iglesia se dedica especialmente a la celebración de la Eucaristía, es conveniente que la reparación se realice de la misma forma.
A la hora fijada con anterioridad, el pueblo se congrega en una iglesia vecina o en otro lugar adecuado, desde donde parte en procesión, presidida por el obispo, acompañado por los presbíteros, especialmente por aquellos sacerdotes que ejercen su ministerio pastoral en la iglesia a la cual se le causó la injuria. Todos ellos van revestidos con ornamentos morados.
La procesión se inicia tras pronunciar el diácono las palabras «Avancemos en paz» y en el transcurso del recorrido se cantan las Letanías de los Santos.
Al llegar al templo profanado entran en el mismo y sin venerar el altar, el obispo deja la mitra y el báculo y bendice el agua que le es presentada y seguidamente asperja el altar, las paredes del templo y al pueblo congregado, como signo de penitencia.
A continuación y tras la oración colecta se inicia la liturgia de la Palabra y la proclamación del Evangelio. La Misa elegida ha de ser la que se considere más apta para reparar la injuria causada. Así, cuando haya sido profanado el Santísimo Sacramento se celebra la Misa de la Santísima Eucaristía, pero si en el recinto sacro hubo una grave contienda puede ser la Misa para fomentar la concordia.
En la homilía se explica el sentido de las lecturas bíblicas y el significado de la restaurada dignidad de la iglesia y la santidad que debe acrecentarse en la Iglesia local.
Una vez finalizada, se cubre el altar con el mantel y se adorna con flores, colocando los candeleros precisos y la cruz. Después prosigue la liturgia de la Eucaristía en la forma habitual. Si la ofensa fue inferida a las especies eucarísticas, se omiten los ritos de conclusión, y se procede a la exposición solemne del Santísimo y a la bendición.
La reconciliación también puede llevarse a cabo en el transcurso de una celebración de la Palabra que es similar a lo descrito hasta la homilía, momento en el que se cubre y adorna el altar, tras lo cual el obispo lo besa e inciensa, continuando con el rezo del Padrenuestro y la oración prescrita en el ritual, al término de la cual bendice al pueblo.
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