Publicano
En el Nuevo Testamento se hace alusión en varias ocasiones a los publicanos, que eran los recaudadores de impuestos en favor de Roma, odiados por el pueblo por sus abusos.
Sin embargo, Jesucristo elige a uno de ellos, Mateo, entre sus doce apóstoles y provoca el escándalo de los fariseos al comer en casa de otro, Zaqueo, que además era un elemento preeminente entre esa clase. El episodio narrado por el Evangelio de Lucas (Lc 19, 1-11) termina con su conversión y con el anuncio de Cristo de que «el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».
Pero llega aún más lejos al contraponer la conducta de un publicano con la de un fariseo, a través de la parábola que relata el mismo Evangelio (Lc 18, 9-14). Ambos acuden al templo a orar y mientras el fariseo lo hace de manera soberbia, el publicano con humildad, implora el perdón de Dios. La conclusión es rotunda: «Os digo que éste (el publicano) bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humilla será ensalzado».
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