Pobre
La Sagrada Escritura y, en concreto, el Nuevo Testamento hace referencia a los «pobres» en numerosas ocasiones y con un sentido diferente.
En las Bienaventuranzas, proclamadas por Jesucristo en el Sermón de la Montaña, la primera de ellas fue «Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos será el Reino de los Cielos». Una afirmación sorprendente a la que se refería el Papa Francisco en una reciente catequesis, señalando que esa pobreza, al servicio de la libertad, es algo que todos debemos buscar, desprendiéndonos de las cosas de este mundo que son las que impiden la auténtica búsqueda de la Verdad a la que el hombre está llamado.
Pero aún más importantes son las constantes alusiones a los pobres, a los necesitados, con los que llega a identificarse Cristo señalando expresamente que todo lo que por ellos se hiciera, por Él se hacía. De ahí que la atención a los que se ven privados de todo constituye una opción preferencial para la Iglesia y para los cristianos que, alentados por la virtud de la Caridad no pueden permanecer insensibles ante esa realidad social que es incompatible con el amor desordenado por la riqueza y por el uso egoísta de nuestros bienes, como señala el Catecismo de la Iglesia Católica.
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