Pecado original
Según nos enseña la Sagrada Escritura, y recoge el Catecismo de la Iglesia Católica, Dios creó al hombre a su imagen y lo estableció en su amistad. Pero esa amistad sólo podía vivirse en forma de libre sumisión a su Creador. El Génesis simboliza este misterio en la prohibición hecha a nuestros primeros padres de comer del fruto del llamado árbol del bien y del mal. Lo que se quiere señalar es que hay un límite infranqueable que el hombre debía reconocer libremente y respetar con confianza.
Pero, tentado por el diablo, quebró esa confianza y, abusando de su libertad, desobedeció el mandato de Dios. La consecuencia de ese preferirse a sí mismo, despreciando al Creador, fue la destrucción de la armonía en la que se encontraban, la entrada de la muerte en el mundo y la presencia permanente del pecado a través de sus múltiples manifestaciones en la historia de la humanidad.
La Iglesia ha enseñado siempre que ese pecado de nuestros primeros padres se transmitió a su descendencia. Un pecado no cometido, sino contraído. Lo que se transmite es una naturaleza humana privada de la santidad y la justicia original que, por lo tanto, está sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte. Por el pecado original, la naturaleza humana está inclinada al mal, o como ha sido llamado, en ocasiones, a la concupiscencia del pecado.
Por el Sacramento del Bautismo y a través de la gracia de Cristo se borra el pecado original y el hombre vuelve a Dios, aunque persiste esa debilidad propia de la naturaleza que hará de su vida un permanente combate espiritual contra el pecado.
En el relato del Génesis aparece, además, el anuncio de la Redención, por la que Jesucristo, por medio de su muerte en la Cruz, reparó sobreabundantemente los efectos del mal en la descendencia de Adán.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.