Oratoria
En sentido general la oratoria es el arte de hablar con elocuencia. Pero si su dominio es importante en el ámbito civil, mucho más lo es en el eclesiástico donde lo que se transmite es la Palabra de Dios.
De ahí, el cuidado que la Iglesia siempre puso en la Oratoria Sagrada. Especializadas en ella surgieron dos órdenes religiosas, la Orden de Predicadores en la oratoria teológica, y la Orden Franciscana, dedicada fundamentalmente a la predicación popular. Incluso la arquitectura religiosa se adaptó a las llamadas «iglesias de predicación», con los púlpitos situados de tal forma que la audición de las palabras del predicador llegara a todos los asistentes.
En los primeros siglos de la Iglesia solo los obispos tenían la facultad de predicar. Posteriormente se consideró inherente al ministerio de los presbíteros, aunque no todos recibían las licencias correspondientes, dado que se exigía una especial preparación.
El actual Código de Derecho Canónico establece en el canon 764 que los presbíteros y diáconos tienen la facultad de predicar en todas partes, con el consentimiento del rector de la iglesia, aunque admite la posibilidad de que esa facultad les haya sido restringida o quitada por el Ordinario competente.
Curiosamente, el canon 766 señala que los laicos pueden ser admitidos a predicar en una iglesia u oratorio, si en determinadas circunstancias hay necesidad de ello, o si, en casos particulares, lo aconseja la utilidad, aunque en esta cuestión se ha procedido con suma cautela y con carácter muy restrictivo.
La Oratoria Sagrada hace tiempo que dejó de recibir la atención que merece, entre otras razones porque la fórmula habitual de la predicación suele ser la homilía, de carácter muy diferente a los antiguos sermones que seguían unas reglas estrictas en su estructura.
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