Oración
Es la elevación del alma hacia Dios porque, en definitiva, orar es hablar con Él y ello puede hacerse de diversas formas, desde la oración mental que se realiza a través de actos interiores de pensamiento y voluntad, al alcance de aquellas personas que han logrado una especial identidad con Dios; o la oración vocal, la más común, en la que se recitan oraciones o fórmulas conocidas, la más importante de las cuales es la que es la que nos enseñó el propio Jesucristo, el Padrenuestro, conocida por eso con el nombre de «oración dominical».
El Señor que, en reiteradas ocasiones, insistió en la necesidad de orar y en los efectos de las peticiones elevadas al Padre, no buscó fórmulas complicadas sino una muy sencilla.
Se puede distinguir también entre la oración pública que es la que realiza la Iglesia de forma comunitaria, bien a través del Oficio Divino o de determinadas devociones como la del Santo Rosario; y la oración privada que cada uno puede y debe practicar en la intimidad.
El fin primordial de la oración es tributar culto de alabanza a Dios, así como darle gracias por los favores continuamente recibidos. Pero hay también una oración de súplica o petición, a través de la cual pretendemos alcanzar algo concreto para nosotros o para otras personas, porque es posible rezar no sólo por nosotros sino por cualquier persona viva, así como por las almas del Purgatorio.
La Iglesia encomienda vivamente la oración como medio de fortalecimiento espiritual y el valor de la misma fue resaltado por el Señor como se relata en el Evangelio de San Mateo: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se abrirá» (Mt 7, 7) reforzándolo con un claro ejemplo: «Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijo, ¡Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!» (Mt 7, 11).
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