Octava
Desde los primeros siglos de la Iglesia, la celebración de las grandes solemnidades, especialmente la Pascua de Resurrección, la de Navidad y Pentecostés, se prolongaba durante los siete días siguientes en lo que se llamaba la «octava».
Poco a poco, comenzaron a introducirse otras relacionadas con la vida de Jesucristo y, a partir del siglo XII también en las fiestas de muchos Santos. Llegó a ser algo tan común que, en castellano, existe el refrán «Toda fiesta tiene su octava».
No todas eran iguales. Había octavas simples y otras de primera clase, entre las que se distinguía entre octavas privilegiadas y comunes. Las privilegiadas eran las correspondientes a Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés y Corpus Christi.
La proliferación de las mismas hacía muy difícil encontrar fechas libres para otras fiestas por lo que ya San Pío X decidió transformar muchas de las octava comunes en simples. Finalmente, tras la reforma emprendida después del Concilio Vaticano II sólo se han mantenido las octavas de Pascua de Resurrección y Pascua de Navidad.
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