Misa rezada
Hasta las reformas litgúrgicas introducidas por el Concilio Vaticano II la celebración de la Santa Misa podía ser efectuada de forma solemne o simplemente rezada.
La Misa solemne era cantada y era la que, en todas las localidades, se conocía con el nombre de Misa mayor que se oficiaba en el altar mayor de cada templo. Tenía lugar a una hora adecuada, todos los domingos y fiestas de guardar, con acompañamiento de cantos a cargo del coro o de los fieles y con sermón.
El resto de las misas eran rezadas. No había cantos ni sermón. El elevado número de sacerdotes obligaba a este tipo de celebraciones que tenían lugar en las muchas capillas existentes en los templos. Por otra parte, en algunas épocas, no todos los sacerdotes podían predicar. Para ello se requería una preparación adecuada. Los fieles que, cada día, se daban cita en los templos podían asistir a una de esta Misas que se iban sucediendo en el transcurso de la mañana.
Sin embargo, para el cumplimiento del precepto dominical fue necesario, durante mucho tiempo, asistir a la Misa Mayor. Más tarde, fue posible hacerlo también en las misas rezadas.
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