Investiduras
Este término está ligado al dilatado contencioso entre la Santa Sede y el Sacro Imperio Germánico que es conocido como «guerra de las investiduras», dado que dio lugar a graves enfrentamientos entre ambos poderes.
La cuestión quedó circunscrita al territorio del Imperio donde existían numerosos feudos eclesiásticos que solo podían ser provistos en clérigos, aunque después prestaran vasallaje al emperador, como cualquier otro feudo.
Pero el problema radicaba en que tales feudos no sólo eran provistos por el emperador, sino que en el caso de que recayeran en laicos, se procedía a su consagración, sin intervención de la Iglesia.
Fue el Papa Gregorio VII quien quiso poner fin a esta anomalía que menoscababa el poder y dignidad de la Santa Sede, dictando una serie de rígidas normas, frente a las que reaccionó el emperador Enrique VII, negándose a reconocer al Papa que, a su vez, decretó la excomunión del emperador y la liberación del juramento de fidelidad por parte de sus vasallos.
La actitud sumisa de Enrique que acudió al castillo de Canossa para entrevistarse con el papa e implorar su perdón pareció zanjar el problema, pero la tensión se reavivó teniendo como protagonistas a sus sucesores, que llegaron a hacer uso de las armas, dando lugar a la elección de una serie de antipapas y numerosas condenas entre ambas partes.
No fue hasta 1122 cuando el concordato de Worms, suscrito entre el Papa Calixto II y Enrique V, puso fin al problema. La investidura clerical y las ordenaciones quedaban reservadas a la Santa Sede, mientras que la investidura feudal, con los derechos anejos, correspondía al emperador que, sin embargo, durante mucho tiempo siguió imponiendo su criterio en la elección de determinados cargos eclesiásticos, basándose en una cláusula del concordato, por la que se le permitía un voto de calidad cuando no hubiera consenso en la elección de un candidato.
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