Inclinación
Es el gesto que, en señal de reverencia u honor, se realiza en determinados momentos de las celebraciones litúrgicas. Las inclinaciones se pueden llevar a cabo simplemente con la cabeza o doblando el cuerpo desde la cintura.
Una inclinación profunda es la que realiza el celebrante y quienes le asisten ante el altar, cuando en él no está el Santísimo Sacramento en el sagrario, pues si lo estuviera se efectúa una genuflexión. También en el Credo, al recitar las palabras: «y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre» o, si se utiliza el Símbolo de los Apóstoles, cuando se dice «que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen». No obstante, hay dos ocasiones en las que, en estos casos, hay que arrodillarse, concretamente en las solemnidades de la Anunciación del Señor y en la de la Natividad del Señor.
Inclinaciones se realizan también por parte del celebrante de la Eucaristía durante la oración «Purifica mi corazón», antes de proclamar el Evangelio, o si la va a realizar el diácono, mientras recibe la bendición del que preside la celebración.
Durante el Ofertorio, en la oración «Acepta, Señor, nuestro corazón contrito», y en el canon cuando se dicen las palabras: «Te pedimos humildemente». De igual forma al pronunciar la fórmula consacratoria el celebrante la realiza inclinado sobre las especies eucarísticas.
Por su parte, los acólitos hacen una inclinación antes de acercarse a prestar cualquier servicio al celebrante, y al retirarse. El turiferario efectúa una inclinación profunda al incensar al celebrante y los concelebrantes, así como cuando lo hace al pueblo, que responde con una inclinación de la cabeza.
La Instrucción General del Misal Romano prescribe que también se haga una inclinación, cuyo carácter será el establecido por cada Conferencia Episcopal, antes de recibir la Comunión.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.