Exequias
Exequias u honras fúnebres son las preces que se recitan o cantan, de acuerdo con el rito establecido por la Iglesia, en el momento de despedir el cuerpo de los cristianos que han muerto en el seno de la misma.
En la actualidad, se llevan a cabo dentro de la celebración eucarística, pero hasta las últimas reformas litúrgicas no era habitual que se celebraran unidas a la misa de funeral corpore in sepulto. El rito actual tiene una orientación pastoral muy diferente e, incluso, se ha prescindido del color negro que era el color litúrgico propio de estas celebraciones.
La Constitución Sacrosanctum Concilium destacaba el carácter pascual de la muerte y ponía especial énfasis en la necesidad de dotar a las exequias de un sentido en el que predominara la esperanza en la resurrección y la confianza en el perdón, rodeando la celebración, dentro de lo posible, de un sentimiento de profunda y serena alegría. Algo muy diferente al carácter demasiado lúgubre que habían tenido hasta entonces.
En el pasado, las exequias comenzaban en la casa del difunto a donde se trasladaba el sacerdote revestido con sobrepelliz, estola y capa pluvial negra. Iba acompañado por acólitos portando la cruz parroquial entre ciriales y turiferario.
Llegados a la casa, la cruz y los ciriales se colocaban en la cabecera del difunto, si era posible, y el oficiante le asperjaba. Se rezaba el salmo De profundis y la antífona Si iniquitates.
Inmediatamente después, se iniciaba el cortejo hasta la iglesia. En el atrio se cantaba el responsorio Subvenite, seguido de la oración Non intres, el responsorio Libera me y los Kyries. Al iniciar el Libera me, se incensaba el cadáver y, tras el último Kyrie, se les asperjaba.
Tras recitar una oración, se entonaban las antífonas In paradisum, y Ego sum, iniciando el camino hacia el cementerio. En muchos lugares, era costumbre que el sacerdote fuera hasta el lugar de sepultura, rezando allí un responso.
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