Diezmo
Deriva del latín decimus y, en su origen correspondía a la obligación de entregar la décima parte de los frutos de la tierra y del ganado, impuesta en el Antiguo Testamento en favor de los sacerdotes que, por pertenecer a la tribu de Leví, no habían recibido posesiones en el reparto de la Tierra Prometida, sino que debían mantenerse con esta aportación del resto del pueblo judío.
En el Cristianismo original no existió el diezmo y los fieles realizaban aportaciones voluntarias, llegando incluso a poner sus bienes en común. Fue, a partir del siglo VI, cuando se estableció de forma obligatoria, aunque ni se aplicaba estrictamente a la décima parte de las cosechas ni su destino exclusivo era para el sustento del clero, sino que una parte del mismo se utilizaba para el mantenimiento de los templos y la adquisición de objetos litúrgicos dedicando el sobrante a la atención a los pobres.
Todo ello tuvo su reflejo en el quinto mandamiento de la Iglesia que establecía la obligación de pagar diezmos y primicias. Suprimidos en España en el siglo XIX, con la introducción del nuevo Régimen, en la actualidad ese precepto especifica la obligación de atender a la Iglesia en sus necesidades.
Los receptores de los diezmos eran los párrocos, a través de un colector que se hacía cargo de la parte correspondiente de las cosechas, conforme se iban sucediendo, depositándolas en el granero que tenían todas las parroquias. Asimismo, recaudaba las aportaciones económicas de quienes no eran agricultores ni ganaderos.
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