Crucifijo
Nombre que recibe la representación de Jesucristo crucificado, una de las imágenes más difundidas en la Iglesia, dado que también tiene un sentido litúrgico, ya que su presencia es preceptiva en el altar para poder celebrar la Eucaristía.
Su uso fue poco frecuente en los primeros siglos del Cristianismo, entre otras razones porque la cruz, como elemento de tortura produjo inicialmente un cierto rechazo, prefiriendo otros símbolos.
Fue, a partir del siglo V, cuando comenzó a difundirse, primero de una manera lenta, aunque posteriormente lo hizo de forma muy rápida.
La figura de Cristo fue variando en el transcurso del tiempo ya que, en un primer momento, se la representaba en forma de busto, en la parte superior de la cruz. También evolucionó la representación del cuerpo entero, desde estar cubierto con una larga túnica, hasta limitarse a ceñir su cintura con el llamado perizonium o paño de pureza que, en ocasiones, adopta la forma de faldellín.
Lo habitual ahora es que las extremidades estén fijas por medio de tres clavos. Dos en la palma de las manos y el tercero sujetando los dos pies superpuestos (cuando antes se les representaba separados y apoyados en una ménsula o supedaneum. La cabeza está ceñida por la corona de espinas y, sobre ella, en el brazo superior de la cruz se coloca una cartela con la inscripción «INRI». No siempre ha sido así, pues frente a la representación del Cristo doliente en la que la efusión de sangre por la herida de su costado era muy llamativa, hubo épocas en las que se prefirió la de Cristo en majestad, ciñendo su cabeza con corona real.
A partir del Renacimiento, primó el carácter de serenidad en la representación iconográfica del cuerpo, al mismo tiempo que se acentuaba el estudio anatómico del mismo.
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