Crisma
La unción goza de una larga tradición que arranca en el Antiguo Testamento. En numerosos pasajes se relatan unciones efectuadas sobre personas o lugares sagrados.
Se realizaban, habitualmente, con aceite puro de oliva, pero a partir del siglo V comenzó a perfumarse, simbolizando la Gracia que esparce su aroma entre los fieles.
Para ello se utilizaron sustancias aromáticas de origen vegetal cuyo número y composición ha ido variando en el transcurso del tiempo.
En las iglesias orientales la preparación del crisma o myron incluye la adición de más de 35 sustancias.
En el rito latino se utiliza fundamentalmente el bálsamo de Tolú, que se obtiene mediante incisiones en el árbol conocido científicamente como Myroxilom balsamum, originario de América. Tiene, además, propiedades terapéuticas.
El Santo Crisma se prepara y consagra por el obispo en el transcurso de la Misa Crismal. En esa misma ceremonia bendice el Óleo de los Catecúmenos y el Óleo de los Enfermos. Todos ellos son distribuidos, después a las parroquias de la diócesis.
Según el Catecismo de la Iglesia Católica el Santo Crisma, cuya unción es signo sacramental del sello del don del Espíritu Santo, debe ser conservado en lugar seguro del santuario.
Con el Santo Crisma se unge a los niños tras el Bautismo. La unción del Santo Crisma en la frente forma parte del rito esencial del Sacramento de la Confirmación. Es así mismo rito complementario del Sacramento del Orden para el obispo y el presbítero, como signo de la unción especial del Espíritu Santo que hace fecundo su ministerio.
Se utiliza también para consagrar el cáliz y la patena. En el caso de una iglesia, altar o pila bautismal se requiere, también, óleo de los catecúmenos. Cuando se bendice solemnemente una campana era costumbre ungir su interior con el Santo Crisma, y el exterior con el óleo de los catecúmenos.
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