Congregación Mariana
En 1563, el jesuita belga P. Juan de Leunis fundó en el Colegio Romano de la Compañía de Jesús, una asociación a la que dio el nombre de Congregación de la Anunciata, con el propósito de fomentar entre los jóvenes la devoción a la Virgen María y estimular entre sus miembros el desarrollo de una espiritualidad que sirviera de ejemplo al resto de sus compañeros.
La iniciativa se difundió entre todos los colegios de jesuitas del mundo, especialmente cuando el Papa Sixto V concedió al Prepósito General de la Compañía de Jesús la facultad de agregarlas a esa primera congregación de la Anunciata, conocida ya como «Prima Primaria», para que pudieran lucrar los privilegios e indulgencias a ella concedidos.
Posteriormente, las congregaciones se implantaron en el ámbito rural, donde no existían colegios jesuitas, aunque generalmente impulsadas por miembros de la Compañía de Jesús, llegando a convertirse en un eficaz medio de formación entre los jóvenes, a los que inculcaban una especial devoción mariana, a través de su consagración a la Virgen, fomentando la práctica de los Sacramentos, la asistencia a la misa dominical y otras devociones como la Sabatina. Al mismo tiempo, les facilitaban actividades culturales y deportivas en su tiempo libre.
Pío XII, que había sido congregante mariano, por medio de la bula Bis Seculari reafirmó su importancia, destacando tres aspectos de su misión: la santificación de sus miembros, el apostolado y la defensa de la Iglesia. No en vano, las congregaciones habían sido el marco donde se forjó la espiritualidad inicial de varios santos y de ellas surgieron grupos tan significativos como el Movimiento Schoenstatt o la Asociación Católica de Propagandistas.
Aunque en su concepción original estuvieron orientadas hacia la juventud, se crearon también otras para adultos que curiosamente son las que, en buena medida, han sobrevivido, tras la crisis experimentada a raíz de las reformas introducidas después del Concilio Vaticano II, aunque las congregaciones marianas se habían adelantado en el tiempo al papel que el concilio reconoció a los laicos en el seno de la Iglesia.
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