Cónclave
El Papa es el obispo de Roma y, por ese motivo, en los primeros siglos era elegido por el pueblo romano y por sus clérigos, al igual que en otras sedes. Fue el Sínodo Laterano quien, en 769, abolió ese derecho o costumbre pero no fue, hasta 1059, cuando el Papa Nicolás II estableció que la elección correspondiera al colegio cardenalicio, aunque inicialmente el candidato elegido requería la aprobación del pueblo romano, lo que definitivamente quedó eliminado en el Sínodo Laterano de 1139.
Tradicionalmente, la elección se lleva a cabo en la capilla Sixtina de los palacios vaticanos, en el marco del cónclave al que son convocados, con la suficiente antelación todos los cardenales electores.
La palabra «cónclave» que procede las latinas «cum clavis» (bajo llave) hace referencia a la completa incomunicación a la que están sometidos los que toman parte en él, con el fin de garantizar que puedan votar sin ser coaccionados.
Sin embargo, el origen de ese aislamiento respondió inicialmente a razones diferentes. El bloqueo que, en varias ocasiones, se dio en las votaciones decidió resolverse encerrando a los cardenales e incluso reduciendo al mínimo el suministro de alimentos o retirando parcialmente el techo de la sala en la que estaban reunidos para forzarles a alcanzar un acuerdo, tras los 34 meses que duró la elección de Gregorio X en 1271.
Fue ese Papa el que, a la vista de lo ocurrido, estableció una serie de estrictas normas que, además del aislamiento, afectaban al régimen alimenticio, circunscrito a una sola comida al día, a partir del tercero y a pan y agua, tras el quinto.
La organización de los cónclaves ha sido objeto de reglamentación por diversos pontífices a lo largo de la historia. La última fue la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, aprobada por San Juan Pablo II en 1996, que relajó en cierto modo las condiciones de habitabilidad de los electores, los cuales podían utilizar la residencia Santa Marta e, incluso, pasear por los jardines vaticanos, aunque con prohibición expresa de comunicarse con el exterior. En este sentido no pueden hacer uso de los teléfonos móviles ni escuchar la radio o la televisión, instalando inhibidores de frecuencia para garantizarla o realizando barridos para detectar posible micrófonos ocultos.
Actualmente, el colegio de electores no puede superar la cifra de 120, todos ellos cardenales de edad inferior a los 80 años.
El cónclave da comienzo el día fijado por la Congregación General de Cardenales con la celebración de una Misa Solemne «Pro eligendo pontificem» que preside el cardenal decano que es quien pronuncia la oración sagrada.
En la tarde de ese día, marchan en procesión desde la Capilla Paulina a la Sixtina, cantando las Letanías de los Santos y, al llegar a ella, entonan el Veni Creator.
Seguidamente, cada cardenal ratifica personalmente el juramento que ha prestado conjuntamente de acatar las normas que rigen la celebración del cónclave y guardar el secreto de las deliberaciones.
Inmediatamente después, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, grita «Extra omnes» (Todos fuera), quedando momentáneamente dentro los electores, el citado Maestro y el predicador encargado de la meditación que se imparte a los cardenales, finalizada la cual ambos salen también del recinto, procediéndose a la clausura de los accesos.
Hasta épocas recientes, el encargado de la vigilancia exterior era el Mariscal de la Santa Iglesia, dignidad que recaía en el Gran Maestre de la Orden de Malta, auxiliado por los llamados Capitanes de las torres del cónclave, caballeros de honor y devoción de esa Orden. Actualmente, de ese cometido se encarga la Guardia Suiza.
En la tarde de ese mismo día se puede proceder a la primera votación, a la que, en caso necesario, siguen otras dos cada día, una por la mañana y otra por la tarde.
Antes de cada votación, el último cardenal diácono sortea los nombres de tres escrutadores, tres revisores y tres enfermeros, repartiendo entre todos los cardenales dos papeletas que llevan impresa la frase «Eligo in Summum Pontificem», bajo la cual deben escribir el nombre del que consideren oportuno, doblándola dos veces y depositándola en el plato que cubre la urna de votaciones. Pronuncia entonces la frase «Pongo por testigo a Cristo Señor, el cual me juzgará, que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido». A continuación, desliza la papeleta desde el plato al interior de la urna.
Si un cardenal se encontrara enfermo en sus aposentos, son los enfermeros los encargados de recoger su voto, con las mismas formalidades. Reunidos todos, los tres escrutadores proceden a contabilizarlos, anotando los resultados y uniendo las papeletas con un hilo, para ser quemadas después. Las notas son comprobadas por los revisores, antes de dar término al escrutinio.
Este sistema es el único válido en la actualidad dado que, hasta la citada constitución de San Juan Pablo II, había la posibilidad de elegir al nuevo Papa por aclamación o por compromiso, además de por escrutinio. En el primer caso, no se requería realizar votaciones, dado que los cardenales, de forma unánime, se ponían de acuerdo en la persona que consideraban que reunía las condiciones para ser proclamado Papa. Era muy poco frecuente, aunque la última ocasión en la que se produjo fue en la elección de Gregorio XV, en 1621. La elección mediante compromiso era la solución elegida cuando era imposible que el colegio cardenalicio alcanzara un acuerdo, delegando en una comisión integrada por un reducido número de cardenales, el llegar a un acuerdo. Tampoco era frecuente y la última ocasión en que se recurrió a este sistema fue en 1316, para elegir a San Juan XXII.
Ambos procedimientos, fueron eliminados por San Juan Pablo II que, además, estableció la necesidad de contar con la mayoría de dos tercios para ser elegido.
Un aspecto interesante es que, para ser elegido, no se requiere ser cardenal, puede serlo cualquier bautizado varón, incluso laico. En ese caso, se da aviso inmediato al Sustituto de la Secretaría de Estado, para que proceda a comunicar la decisión al interesado, conduciéndolo al Vaticano con la mayor discreción, sin que la noticia se difunda. Si se diera el caso de que el elegido no es obispo, tras obtener su aceptación, se procede a su ordenación. Aunque es extraordinariamente raro que se suceda eso, ha habido algún caso como el de Urbano VI, en 1378, que no era cardenal pero sí arzobispo de Bari. Además, su elección vino mediatizada por la presión del pueblo que quería un Papa italiano.
Al final de cada elección sin acuerdo, se procede a quemar las papeletas y las notas de los escrutadores. Para ello, se introducían en una estufa, añadiendo paja húmeda, con el fin de que la combustión sea incompleta y el humo resultante resulte de color negro, indicando a los fieles congregados en la plaza de San Pedro que no ha habido acuerdo.
En caso de que existiera, las papeletas se quemaban junto con paja seca, dado como resultado esa «fumata blanca» que anuncia la elección de un nuevo Papa. Pero el sistema es tan inseguro y fuente de numerosos errores que, en los últimos cónclaves se utilizaron aditivos químicos, aunque el resultado tampoco fue el esperado.
Pero, antes de que la fumata blanca, se alce sobre el techo de la capilla Sixtina, se requiere que elegido acepte. Por ello, el cardenal Decano se dirige al elegido y le pregunta: «¿Acceptasne electionem de te canonice factam in Summun Pontificem?». Si la respuesta es afirmativa vuelve a preguntarle «¿Quo nomine vis vocari?», debiendo pronunciarse el nuevo Papa sobre el nombre elegido para su pontificado.
Hasta hace no mucho se producía entonces un momento de suma plasticidad, cuando los sitiales que habían ocupado todos los cardenales, con sus correspondientes armas, abatían sus baldaquinos, salvo el del Pontífice electo, al que el resto de los miembros del colegio cardenalicio, expresaba su respeto y obediencia, uno a uno.
Es preciso recordar que, hasta 1903, España, Francia y el emperador de Austria-Hungría, como heredero del Sacro Imperio Germánico, podían vetar la elección de un cardenal, como Papa, por considerarlo desafecto, y la ejercían. La última vez se produjo en ese año, cuando el emperador Francisco José I, vetó al cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, según algunas fuentes por considerarlo masón. El elegido fue el cardenal Giuseppe Sarto (Pío X) que acabó con esa prerrogativa, castigando con la pena de excomunión a quien hiciera uso de ella.
Tras la aceptación, el nuevo Papa es conducido a la sacristía de la capilla Sixtina, donde hay dispuestas tres sotanas blancas de diferentes tamaños donde elige la más adecuada.
Mientras tanto, el cardenal Protodiácono hace su aparición en la logia de la basílica de San Pedro para anunciar a la multitud congregada «Habemus Papam», así como el nombre del cardenal elegido y el que utilizará en su pontificado.
En la plaza forman los Cuerpos Armados Pontificios antes de que el nuevo Papa haga su aparición en el balcón central para impartir su primera bendición Urbi et Orbi. Habitualmente iba revestido con muceta roja sobre la sotana y estolón. En la última elección el Papa Francisco prescindió de ambos ornamentos, aunque le colocaron el estolón para impartir la bendición, que se quitó inmediatamente.
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