Conciencia moral
El Catecismo de la Iglesia Católica la define como un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho.
El Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et Spes señala que el hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón, que le llama siempre a amar y hacer el bien y a evitar el mal. Una ley a la que debe obedecer.
Por el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de esa ley divina, a la que está obligado a seguir fielmente, por lo que es necesario una reflexión que, como exigencia de interioridad, es tanto más necesaria cuanto la vida nos impulsa con frecuencia a prescindir de toda reflexión o examen.
La conciencia hace posible asumir la responsabilidad de nuestros actos, pero para obrar debidamente hay que formarla, especialmente cuando estamos sometidos a influencias negativas que nos inducen al pecado.
El Catecismo indica que es una tarea de toda la vida, a partir de la Palabra de Dios asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia.
La persona humana debe obedecer siempre el juicio recto de su conciencia, pero sucede con frecuencia que la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos. Ello no es óbice para que sean imputados a la responsabilidad personal. Distinto es el caso de la ignorancia invencible que si da lugar a un mal o un desorden, sin dejar de serlos no pueden serles imputados al que los cometió.
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