Comunión espiritual
El Concilio de Trento estableció que existían tres maneras de recibir la Eucaristía. La primera era la sacramental, la que se administra en la celebración eucarística, la Comunión por excelencia. Junto a ella, se encontraba la Comunión espiritual y, finalmente, la que une a la sacramental las características de la espiritual.
Para el Concilio, la Comunión espiritual consiste en un ferviente deseo de recibir la Eucaristía, cuando no es posible hacerlo, unido a una Fe viva que obra por la Caridad y que nos hace partícipes de los frutos y gracias del Sacramento.
La imposibilidad de recibir la Comunión sacramental puede ser física o espiritual, por no estar debidamente preparado. En ambos casos, se aconseja realizar la Comunión espiritual que, para algunos autores, obra un efecto similar a la sacramental.
Puede efectuarse recitando una de las oraciones que existen para este fin, entre las cuales la más difundida es la que compuso San Alfonso María de Ligorio:
«Creo firmemente, Jesús mío, que estáis realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Os amo con todo mi corazón, y porque os amo, me arrepiento de haberos ofendido. Ansió poseeros con toda mi alma, pero como no puedo recibiros sacramentalmente, venid a mí aunque sea de manera espiritual. Yo me uno completamente a Vos como si estuvieras realmente presente. No permitáis que jamás me separe de Vos».
La comunión espiritual puede realizarse, igualmente, aunque se vaya a recibirla sacramentalmente, sirviendo de preparación para la misma. Puede efectuarse mientras comulga el sacerdote.
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