Comunión de los Santos
Es uno de los dogmas de Fe que proclama el Símbolo de los Apóstoles que con esta expresión viene a sintetizar la estrecha unión existente entre todos los miembros de la Iglesia para constituir un único Cuerpo cuya cabeza es Cristo.
Pero la Iglesia está constituida por tres «estados» como los denomina el actual Catecismo. Por un lado, los miembros que todavía «peregrinan en la tierra»; por otro, los difuntos que están purificándose para llegar a gozar de la definitiva Gloria y finalmente los Santos que ya alcanzaron la plena visión de Dios. Son los que tradicionalmente se llamaban Iglesia militante, Iglesia purgante e Iglesia triunfante.
Entre todas ellas, formando lo que también se denomina el Cuerpo Místico de Cristo, existe una comunión de bienes espirituales que con el aliento de la Fe y de la Caridad, se manifiesta a través de los frutos de los Sacramentos y también en los carismas que el Espíritu Santo otorga, como gracia especial, a cada uno de los fieles.
Esa unión no se interrumpe con los que durmieron en la paz de Cristo, sino que también son partícipes de esa comunicación de bienes, por lo que nuestra oración es eficaz para ayudarles.
De igual manera, los santos participan de ella, dado que no solo los veneramos como modelos a imitar, sino que, por el hecho de encontrarse ya íntimamente unidos con Cristo, no dejan de interceder por nosotros ante el Padre y, como expresaba la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, su solicitud fraterna ayuda a nuestra debilidad, al presentar los méritos que adquirieron en la tierra, por medio del único Mediador entre Dios y los hombres que es Cristo.
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