Comunión
Es una de las denominaciones que se aplica al Sacramento de la Eucaristía pero, con mayor frecuencia, designa el momento en el que los fieles reciben el Cuerpo de Cristo a través de las especies consagradas.
Por la Comunión nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo.
El propio Jesucristo nos invitó a participar en el Banquete Pascual, recibiéndole en el Sacramento de la Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros».
La Santa Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la Cruz y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la Comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.
Conforme al sentido mismo de la Eucaristía, los fieles convenientemente preparados, es normal que comulguen cuando participan en la Misa. Sin embargo, solamente existe la obligación de comulgar una vez al año, preferentemente en tiempo pascual.
La comunión proporciona unos frutos inmediatos. En primer lugar, acrecienta nuestra unión con Cristo. Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza, de manera admirable, en nuestra vida espiritual. La comunión conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. La vida cristiana necesita ser alimentada con la comunión.
Nos separa, además del pecado. La Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales. Por ese mismo motivo, nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hace romper con Él, por el pecado.
La Eucaristía hace Iglesia, fortaleciendo la unidad que constituye el Cuerpo Místico de Cristo. Entraña además un compromiso con los pobres, al reconocer en ellos al propio Jesucristo. Es, asimismo, instrumento adecuado para rogar intensamente por la restauración de la unión entre los que son llamados a participar en la mesa del Señor.
La forma de recibirlo ha variado en el transcurso de la historia. En los primeros tiempos de la Iglesia los cristianos lo recibían bajo las dos especies. Los varones tomaban el pan consagrado en la mano, mientras que, para las mujeres, era frecuente depositarlo en un paño blanco que portaban y que era conocido con el nombre de dominicale.
Más tarde, por razones prácticas, se prescindió de la costumbre de beber del cáliz y se distribuía, únicamente, el pan. Se dispuso que la recepción se efectuara de rodillas, depositando el sacerdote en la boca del comulgante una pequeña forma consagrada.
Tampoco era habitual acercarse a recibir la Eucaristía con frecuencia. Por el contrario, el Sacramento se administraba en determinadas solemnidades y, de hecho, la Iglesia obligaba a recibirlo, tan sólo, una vez al año, «por Pascua florida» como indicaban los antiguos catecismos. También era costumbre que lo recibieran los enfermos en peligro de muerte, como viático o preparación para el camino definitivo. Por ello, fue necesario conservar algunas formas consagradas en lugar adecuado, después de la celebración de la Santa Misa, para que estuvieran disponibles en esos casos de necesidad.
Para responder a la invitación del Señor, es precisa una preparación para un acto tan grande y santo. Por eso, quien tiene conciencia de estar en pecado, debe acercarse al Sacramento de la Reconciliación antes de comulgar. La Iglesia recomienda, asimismo, guardar el ayuno eucarístico una hora antes de la recepción de las especies eucarísticas.
Antiguamente se exigía guardar el ayuno desde la medianoche del día anterior, pero en el siglo XX las normas fueron evolucionando rápidamente. Por una parte, se redujo el tiempo del ayuno hasta la hora actual y se fomentó entre los fieles la necesidad de frecuentar la Eucaristía, como Sacramento fundamental para la vida cristiana.
Tras las reformas litúrgicas impulsadas por el Concilio Vaticano II se modificó también la forma de recibirlo. Ya no era preciso arrodillarse en el comulgatorio y junto al modo tradicional de depositar la Sagrada Forma en la boca del comulgante, se autorizó a recibirlo en la mano. Por otra parte, se abrió la posibilidad de comulgar bajo las dos especies en determinadas circunstancias explícitamente indicadas. Ello podía realizarse bebiendo directamente del cáliz o por el procedimiento de intinción, mojando el sacerdote la forma en el cáliz y llevándola directamente, en este caso, a la boca de quien comulga.
El sacerdote presenta la forma al comulgante diciendo «El Cuerpo de Cristo» o «El Cuerpo y la Sangre de Cristo» y administra la comunión tras responder «Amén» el que la recibe.
En la actualidad, junto a los ministros ordinarios, presbíteros o diáconos, pueden administrarla los ministros extraordinarios que son las personas habilitadas para ello por los procedimientos establecidos.
Como curiosidad, cabe señalar la manera en que comulgaba el Sumo Pontífice cuando asistía a una celebración eucarística que no oficiaba. En esos casos, le era llevada hasta su trono la Sagrada Forma sobre una patena, protegida por el denominado asterisco. Posteriormente, bebía del cáliz utilizando para ello un tubito de oro que recibe varios nombres, el más habitual fístula o canutillo.
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