Carismas
Gracias o dones sobrenaturales que Dios otorga, de manera completamente gratuita (gratis datae) que, aunque concedidos a un individuo, tienen como objetivo el bien general de la Iglesia. En este sentido se diferencian de las gracias, que con la cooperación de cada persona van encaminadas a su propia santificación (gratum facientes).
Los carismas son fruto de la benevolencia de Dios y de la Redención. Enumerados por San Pablo en su primera Carta a los Corintios, han sido objeto de diversas clasificaciones por parte de los teólogos.
Unos están asociados a determinados ministerios o estados. Así, por ejemplo, el de la infalibilidad pontificia, propio del Sumo Pontífice; el de la fidelidad a la vocación religiosa o al estado matrimonial.
Entre los extraordinarios, algunos sitúan en primer lugar el del apostolado como compendio de todos los carismas.
El don de la profecía, muy frecuente en el Antiguo Testamento y en los primeros momentos de la Iglesia; la capacidad de obrar milagros o efectuar curaciones de enfermedades, venciendo las leyes naturales; el don de lenguas o capacidad de expresarse en otros idiomas, sin estudio previo de los mismos, como les sucedió a los apóstoles el día de Pentecostés; el don concedido a los que escuchan la predicación para interpretar correctamente el mensaje que se les transmite.
Otro carisma de singular importancia es el don de discernimiento o capacidad de distinguir lo que procede de Dios de lo que es obra del demonio. La palabra de sabiduría que permite acercarse a los grandes misterios de la Fe; y la palabra de conocimiento que se refiere a otras verdades cristianas. También se incluye entre los carismas el oficio de Doctor reservado a determinadas personas que se distinguieron en la predicación y enseñanza de la doctrina cristiana.
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