Cancillería Apostólica
En los primeros siglos de la Iglesia, los Papas disponían de unos notarios que se encargaban de atender su correspondencia y elaborar los documentos oficiales. Poco a poco, se fueron creando especialidades entre esos funcionarios que se dividieron en notarii y scrinarii, encargados de la ejecución material.
A finales del siglo XI existía ya una Secretaría de cierta importancia al frente de la cual había un responsable que, inicialmente, se llamó Bibliotecario y, más tarde, Canciller. De ahí tomó su nombre la Cancillería Apostólica que experimentó un gran crecimiento durante la época de Avignon, al haberse reservado los Papas la provisión ordinaria de todos los beneficios. Perfectamente estructura llegó a contar con siete cuerpos de oficiales con cometidos específicos para cada uno de ellos.
Sin embargo, la creación de la Dataría Apostólica, en el siglo XV, restó muchas competencias a la Cancillería. Pero fue el progresivo crecimiento de la Secretaría de Estado, a partir de los siglos XVI y XVII, quien terminó por reducir los cometidos de la Cancillería a la preparación, redacción, y expedición de algunos documentos pontificios de singular importancia.
Al frente de la misma había un Regente que, en recuerdo de su pasado esplendor, ocupaba un papel de cierto relieve en la Corte Pontificia, como encargado de custodiar el sello de plomo y el anillo del pescador.
Fue San Pablo VI quien por un Motu Proprio de 27 de febrero de 1973, hizo desaparecer la Cancillería, junto con otros organismos cuyas misiones fueron completamente transferidas a la Secretaría de Estado, donde se creó un organismo unificado llamado Cancillería de las Cartas Apostólicas, donde pasó a ser custodiado tanto el sello de plomo como el anillo del pescador, antes de que Benedicto XIII comenzara a usarlo de forma habitual.
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