Ambón
La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un sitio reservado para su anuncio, hacia el que, durante la liturgia de la Palabra, se vuelva espontáneamente la atención de los fieles. Así se expresa la Institutio Generalis del nuevo Misal Romano, resaltando la importancia de este elemento esencial de la liturgia eucarística.
Situado a la izquierda del presbiterio suele fabricarse, actualmente, en materiales nobles y manteniendo una cierta unidad decorativa con el propio altar y la sede.
Desde el ambón se proclaman todas las lecturas bíblicas y el propio Evangelio. Para resaltar su dignidad es conveniente que se cubra con una tela con los colores propios del día litúrgico.
El ambón tiene una larga tradición en la arquitectura religiosa. En las antiguas basílicas existieron ambones en el transepto y, hasta la época románica, fue frecuente la existencia de ambones unidos al cancel del presbiterio. Los hubo también de rica factura, levantados sobre columnas.
Anteriormente, durante la época visigótica se llegaron a distinguir varios tipos de ambones: el analogium, desde el que los obispos predicaban las homilías; el tribunal, desde el que se leían los edictos episcopales; y el pulpitum, de los que proceden los púlpitos en los que se leían las lecturas sagradas.
Los ambones fueron siendo sustituidos por púlpitos situados en el centro de la nave, para facilitar la audición de la predicación. No obstante, siguieron usándose ambones que eran simples atriles, a veces de tijera, situados en el presbiterio, donde se leía la Epístola y el Evangelio.
Actualmente se prevé que el ambón esté en el presbiterio o en un lugar cercano a él, y que sea fijo y no un simple atril portátil. Aunque no existe una norma específica que así lo establezca, lo habitual es colocarlos en el lado del Evangelio. Puede cubrirse con antipendio del color propio del tiempo litúrgico.
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