Desierto
El desierto, en sentido general, es símbolo de esterilidad, tierra árida y seca, donde Dios no ejerce su acción fecundante (Lc 15,4), región inhóspita y deshabitada, morada de demonio: (Mt 12,43; Lc 8,29; 11,24). Pero más que esto, el desierto en la Biblia es un lugar de purificación y de conversión a Dios, de austeridad y de despego de la tierra, de reflexión y de oración. El desierto, por el que atravesó el pueblo de Dios tras la salida de Egipto, señala la hora del triunfo y del poder de Dios, manifestado en los prodigios realizados (Jn 3,14-6,31.49) y en la Alianza, que establece relaciones de fidelidad entre Dios y el pueblo. Juan Bautista se preparó en el desierto (Lc 1,80), y en él comienza su predicación (Mt 3,1-3; 11,7; Me 1,3-4; Lc 3,2-4; 7,24). Jesús inicia en el desierto su vida pública (Mt 4,1; Mc 1 12-13; Lc 4,1) y al desierto se retiraba con frecuencia, solo (Mt 14, 13; Mc 1,35.45; Lc 4,42; 5,16; 11,54) o con sus discípulos (Mc 6,31-32). En el desierto hizo el milagro de la multiplicación de los panes (Mt 14, 13-21; 15,33; Mc 6,31-44; 8,4; Lc 9,12). El desierto adquiere un profundo sentido teológico, y es no tanto un lugar como una actitud religiosa. La Iglesia peregrina, a imitación de Jesucristo, debe refugiarse en el desierto y vivir en él como de paso en espera de la venida del Señor y camino de la tierra prometida, el nuevo cielo y la nueva tierra que Dios le ha preparado (Ap 12,6.14). - .
E. M. N.
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