Adoración
La adoración es el culto máximo que el hombre puede tributar, la suprema adoración, que sólo a Dios debe referirse, porque él solo es el santo y el grande, el único. La adoración es al mismo tiempo el reconocimiento de la criatura ante el Creador y la expresión psicológica del que se siente nada ante el que lo es todo. En el A. T., la adoración suele ir acompañada de unos gestos externos, tales como la postración, los brazos extendidos, la postura suplicante, los ritos en torno al altar, que tratan de expresar la total sumisión del hombre ante Dios. Jesús estableció que la adoración a solo Dios es debida (Mt 4,10), tal y como en el A. T. estaba ordenado. En el N. T. los cristianos adoran también a Jesucristo glorioso, resucitado y exaltado, el Señor (Mt 28,9.17; Lc 24,52), el Hijo de Dios con plenitud de derechos a ser también adorado como el Padre (Mt 14,33; Jn 9,38). Incluso antes de ser resucitado, ya es adorado (Mt 2,2.11). Porque Jesucristo tiene un nombre-sobre todo-nombre, ante el que debe doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos (Flp 2,9-10). Pero esta novedad de la adoración cristiana no sólo radica en que se dirige a la Trinidad Augusta, sino en las exigencias radicales que comporta -el hombre debe estar consagrado sustancialmente al Señor en alma y cuerpo (1 Tes 5,23)-, sin que sean necesarios los gestos y las formas externas, pues los verdaderos adoradores de Dios han de serlo en espíritu y en verdad (Jn 4,24). Dios es espíritu y quiere una adoración espiritual y sincera, en la que se compromete el propio ser y la propia conducta, no como la farsa y la comedia del culto farisaico, sostenida por la hipocresía y arropada con fórmulas y liturgias vacías de contenido espiritual. La adoración se puede ofrecer, en cualquier lugar de la tierra, sin necesidad de ir al templo (Jn 4,20-21), pues el único templo agradable al Padre es el cuerpo resucitado de Jesús (Jn 2,19-22), y los que, mediante la fe, son hijos de Dios, nacidos del Espíritu (Jn 3,8), asocian su adoración espiritual a Jesucristo, en quien el Padre tiene todas sus complacencias (Mt 3,17). — ón; templo.
E.M.N.
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