Véctor II (13 abril 1055 - 28 julio 1057)
Vacante el solio, el clero romano despachó una legación, presidida por Hildebrando, para pedir al emperador un candidato. Cinco meses de negociaciones transcurrieron hasta que fue designado Gebhardt de Eichstadt, el canciller antes mencionado. Nacido en Suabia, en torno al 1018, e hijo del conde Hartwig, gozaba de la plena confianza de Enrique III; exigió, como condición previa a la aceptación, que fueran devueltos a la sede romana algunos territorios que usurpaban las autoridades imperiales. Tomó el nombre de Víctor II y mantuvo en plenitud de funciones el equipo de reformadores. En el Concilio de Florencia (4 de junio de 1055) que presidió junto con Enrique II, al renovar las sentencias contra la simonía y el nicolaísmo, éstas se hicieron extensivas a cuantos enajenasen bienes eclesiásticos. Logró que el emperador le transfiriera el ducado de Spoleto con Trani a fin de fortalecer la defensa del Patrimonium frente a los normandos; sin embargo, mantuvo escrupulosamente la tregua firmada por su antecesor.
En el equipo llegó a faltar Federico de Lorena. El hermano de éste, Godofredo el Barbudo, con gran disgusto del emperador, se había casado con Beatriz de Lorena, viuda ya de Bonifacio de Toscana. De este modo dos grandes dominios, vitales para el Imperio, se unían peligrosamente en una sola mano. La persecución desencadenada por Enrique III llevó a Beatriz y a su hija Matilde (1055-1115) a prisión y a Federico de Lorena a buscar refugio en Montecassino. Pero el 5 de octubre de 1056 murió el emperador. Víctor II, que se hallaba presente, tomó muy eficaces disposiciones para asegurar al niño Enrique IV (1056-1106) en el trono y a su madre Inés en la regencia hasta que el nuevo príncipe alcanzara la mayoría de edad. Desde esta posición logró la reconciliación con Godofredo y la sede romana pudo contar con un muy fuerte apoyo en Toscana, que resultaría precioso en los difíciles tiempos posteriores. Federico de Lorena se reincorporó a la corte pontificia siendo ahora abad de Montecassino y cardenal de San Crisógono.
En estos años Hildebrando, legado en Francia al igual que los arzobispos de Arles y de Aix, impulsaba poderosamente la reforma en este país. La investidura no tenía en él las características que había llegado a cobrar en Alemania. La popularidad de Víctor II se mide por un hecho. Cuando falleció en Rávena, los moradores en esta ciudad se negaron a que sus restos fuesen enviados a Alemania y los sepultaron en Santa María la Rotonda, junto a la tumba de Teodorico el Ámalo.
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