Urbano V, beato (28 septiembre 1362 - 19 diciembre 1370)
Elección. Divididos los cardenales era difícil que pudieran llegar a un acuerdo que permitiese la elección de uno de ellos. La noticia que dan algunos cronistas de que Hugo Roger, hermano de Clemente VI, rechazó su candidatura, es cuando menos dudosa. Al parecer fue Guillermo d’Aigrefeuille quien insinuó el nombre de Guillermo de Grimoard, abad de San Víctor de Marsella que, a la sazón, era legado pontificio en Nápoles. Nacido en Griscal (Lorena) y de familia noble, profesó como benedictino en San Víctor después de haber cursado estudios en Montpellier y Toulouse. Fue abad de Saint Germain d’Auxerre (1352) antes de ser elegido para San Víctor. Era conocido por su piedad, austeridad, profundo conocimiento del derecho y experiencia en los asuntos italianos, tan importantes ahora que el retorno del papa se había convertido en la cuestión principal. E. Dupré-Theseider (/ Papi di Avignone e la questione romana, Florencia, 1939) entiende que fue ésta precisamente la razón de su nombramiento: era el papa para el retorno. Llegado a Marsella el 27 de octubre fue entronizado en Avignon pero, pese a la pompa que le rodeaba, seguía vistiendo y viviendo como un benedictino.
Las relaciones con el colegio fueron difíciles: no había sido cardenal. Quería continuar la obra de Inocencio VI hacia la centralización y la reforma: dispuso que, en adelante, todas las sedes episcopales y las principales abadías, cualesquiera que fuesen los procedimientos selectivos, serían de nombramiento pontificio. De este modo podría oponerse a las designaciones indebidas. También quiso prohibir la acumulación de beneficios en una sola persona y recomendó la celebración de sínodos provinciales. Muy convencido de las ventajas que aportaban al clero los estudios fundó las Universidades de Orange, Cracovia y Viena y, a imitación del de Bolonia, estableció el Colegio de Montpellier. Empleó mucho dinero en becas para estudiantes.
De nuevo cruzada. Al firmarse la paz de Brétigny, que parecía poner fin a la contienda entre Francia e Inglaterra, proclamó en 1363 una nueva cruzada: Pedro de Lusignan, que había cosechado algunos éxitos en Cilicia, y Felipe de Méziers, se sumaron a ella: pero Urbano creía que el éxito dependía de que tomara el mando el rey de Francia. Legado para esta cruzada fue el carmelita Pedro Thomiers y en ella tomó parte Venecia. Pero en la práctica todo se tradujo en una operación de los caballeros sanjuanistas que llegaron a reunir en Rodas 10.000 infantes y 1.400 caballos. Una fuerza que pudo ocupar fugazmente Alejandría (11 a 13 de octubre) para convencerse de que era imposible retenerla. Estas operaciones servían sin embargo para conservar Rodas y Chipre como grandes bastiones avanzados.
Retorno a Roma. Comenzó apoyando los esfuerzos militares de don Gil de Albornoz. Pronto cambió de táctica: era imprescindible acelerar el retorno a Roma y éste no podía lograrse sino mediante una paz con los partidos haciendo concesiones. Roma brindaba la posibilidad de un entendimiento con el emperador bizantino Juan V (f 1391). Desde el 23 de mayo de 1363 la decisión fue públicamente anunciada: muchas voces le impulsaban a ella. Pagó grandes sumas a Barnabo Visconti para que entregara Bolonia y sustituyó a Albornoz por el cardenal Androin que pasaba por enemigo del español y partidario de los milaneses. La recluta de los mercenarios que amenazaban Avignon, a fin de constituir las compañías blancas que provocarían el cambio en Castilla —Urbano contribuyó con una elevada suma— dieron un saludable respiro. En 1365 fray Pedro de Aragón escribió al papa que había tenido una revelación de su tío san Luis el difunto obispo de Toulouse, que le anunciaba que los grandes males de la Iglesia no se remediarían mientras no estuviese en Roma. Santa Brígida y santa Catalina contribuyeron con sus advertencias al aire de retorno espiritual. Petrarca, en cambio, hablaba de motivos estrictamente humanos; las ruinas de Roma, la esposa abandonada. Carlos V de Francia envió a Anselmo de Chacart para convencer a Urbano de que desistiera de su propósito, pero el pontífice respondió con argumentos que resultaban incontrovertibles: centro del orbe, tumba de san Pedro, altar de mártires, Roma había sido siempre la cabeza y las voces del cielo le ordenaban volver.
P. Kirsch (Díe Rückkehr der Papste Urban V und Gregor XI vori Avignon nach Rom. Auszüge aus den Karneralregistern des Vatikanischen Archives, Paderborn, 1898) reconstruyó el itinerario y los obstáculos que hubo de vencer. En mayo de 1366 el emperador Carlos IV viajó a Avignon ofreciendo darle escolta. Urbano aceptó en principio, pero luego lo pensó mejor: convenía a su libertad de movimientos viajar solo. Hubo una fuerte resistencia de los cardenales, que consideraban un desastre abandonar Avignon, pero, mostrando una gran energía, salió de la ciudad el 30 de abril de 1367. En Marsella se produjo un verdadero enfrentamiento entre el papa y el colegio, que resistió, y pudo llegar a Genova el 23 de mayo, a Pisa el 1 de junio, y por el camino del mar, alcanzar Corneto, donde le esperaba Albornoz, el 4 de junio. Desde allí se dirigieron a Viterbo. La muerte de don Gil, acaecida en esta ciudad el 22 de agosto, fue un gran contratiempo. Los grandes elogios de Petrarca desde Padua y de Coluccio Salutati desde Roma, dan la medida de la exageración en el recibimiento, que hubiera debido ser más normal. En el verano de 1368 Urbano se instaló en Montefiascone, huyendo de los calores del verano.
En otoño de aquel año llegó Carlos IV. Se vio al papa y al emperador entrar juntos en Viterbo (17 de octubre) y el 1 de noviembre, con la pompa debida, proceder a la coronación de la emperatriz Isabel durante una misa solemne en que predicó fray Pedro de Aragón. Presente estuvo también Juan V, el bizantino, que suscribió a título personal una fórmula de fe romana. Pero los signos no eran tan halagüeños como se pensara. Roma era una ruina: los alhamíes habían tenido que entrar apresuradamente en el Vaticano y en San Juan de Letrán porque los palacios eran inhabitables. Comenzaban las habituales discordias políticas. Cuando en septiembre de 1368 Urbano creó siete cardenales, sólo uno era romano; los otros seis, franceses. La influencia de Francia no había disminuido.
Vuelta a Avignon. Desilusionado, sufriendo la presión de sus cardenales que añoraban la independencia avignonense, obligado a enfrentarse con revueltas como la de Perugia, y refugiado nuevamente en Montefiascone, esta vez para huir de las inquietudes romanas, Urbano hubo de preguntarse si no había cometido un error. A principios de 1370 decidió regresar a su ciudad del Ródano. Los romanos le enviaron una embajada (22 de mayo), a la que contestó con mansa firmeza el 26 de junio. Santa Brígida subió a Montefiascone a comunicarle que había tenido una revelación según la cual si regresaba Dios le heriría de muerte pidiéndole estrecha cuenta. Todo inútil. Embarcó en Corneto el 5 de septiembre, alcanzó Marsella el 16 y entró en Avignon el 27 del mismo mes. Muy pronto cayó enfermo y murió el 19 de diciembre.
O. Halecki (Un empereur de Byzance á Rome, Varsovia, s.f.) ha explicado las razones de la presencia del emperador Bizantino. Las presiones turcas habían obligado a Juan V, inmediatamente después de su victoria sobre Juan Cantacuzeno, a acudir a Inocencio VI con una propuesta de reanudar las relaciones, la cual fue recibida con gran frialdad (1355). Pero ante la nueva ofensiva de Murad I, el emperador insistió, esta vez cerca de Urbano V, que se mostró dispuesto a organizar el socorro militar que se necesitaba si se restablecía la unión. Juan V permaneció en Roma entre 1369 y 1371: tuvo que entregar a Venecia la isla de Tenedos para afrontar los gastos de este viaje. La noción de la existencia de un peligro turco comenzaba a abrirse camino en la conciencia occidental, aunque con gran lentitud.
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