Urbano IV (29 agosto 1262 - 2 octubre 1264)
El giro hacia Francia. Durante tres meses los ocho cardenales supervivientes discutieron en Viterbo, sin llegar a acuerdo alguno. Finalmente se decidieron a elegir, fuera del colegio, a Jacques Pantaleon, patriarca de Jerusalén que ocasionalmente visitaba la curia. Hijo de un zapatero de Troyes, había hecho una muy brillante carrera eclesiástica, destacando en el primer Concilio de Lyon. Fue entonces enviado como legado a Polonia, Prusia y Pomerania, territorios en que la orden teutónica desarrollaba su conquista. Tuvo una intervención decisiva en la paz de Cristenburgo (1249), que equiparaba a los prusianos con los alemanes, garantizando su libertad. En 1255 el propio Alejandro le nombró patriarca de Jerusalén con la misión, según hemos visto, de contactar con los tártaros. Su condición de francés podía dejarle manos libres para manejar los asuntos de Italia.
Apenas consagrado, Urbano IV creó catorce cardenales, de los que seis eran franceses; comenzaba de este modo la reorientación de la curia que se acentuaría en los años siguientes. Desde esta nueva posición mostró condiciones de independencia y dotes de mando: nunca quiso residir en Roma, aunque la gobernaba, sino en Viterbo u Orbieto, para sentirse más libre. Mantuvo la línea de sumisión universal a la sede romana: por ejemplo, agregó a la orden benedictina la congregación de ermitaños creada por Pedro de Morrone, futuro Celestino V, a fin de evitar desviaciones. El 2 de octubre de 1264, tomando pie en el milagro de la forma ensangrentada de Bolsena, extendió a toda la Cristiandad la fiesta del Corpus Christi, encomendando el oficio de la misma a santo Tomás de Aquino que, tres años antes, había concluido la Summa contra gentiles y trabajaba en la monumental Teológica, donde se explicaba la doctrina de la presencia real de Cristo en la eucaristía.
Acude a Carlos de Anjou. En política sus ideas eran muy claras. No quería apoyar a Alfonso ni a Ricardo: pretendía que se abriera un proceso que mediante pruebas permitiera conocer, en términos estrictamente jurídicos, quién era de los dos el legítimo. No aceptó en principio las conversaciones de Miguel VIII, que en 1261 había expulsado a los latinos de Constantinopla (1261), y prometió ayuda a Balduino II haciendo predicar una cruzada que permitiera su reconquista. Rápidamente restableció el dominio sobre las tierras del Patrimonium y suscitó dos grandes familias güelfas, Este y Visconti, para que combatiesen a los gibelinos dirigidos por un representante de Manfredo, Pallavicini. Otón Visconti (1207-1295) fue nombrado arzobispo de Milán: tal es el origen de un dominio que se prolongaría durante casi dos siglos.
Parecieron a Urbano IV indispensables dos objetivos para garantizar su independencia: acabar con los ghibellini y desarraigar definitivamente a los Staufen del sur de Italia. Concedió a los banqueros güelfos privilegios que a otros negaba, favoreciendo arbitrariamente a este partido, y prescindió absolutamente de Edmundo. Según K. Hampe (Urban IV und Manfred 1261-1264, Heidelberg, 1905), la razón fundamental de esta conducta, y de que rechazase las demandas de Manfredo —que venían acompañadas de la suma de 300.000 onzas de oro— era un proyecto: hacer del reino un verdadero Estado vasallo de la sede romana. Primero se dirigió a san Luis, pidiéndole uno de sus hijos, pero el monarca declinó la oferta. Entonces acudió a Carlos de Anjou, el ambicioso hermano de aquel mismo rey. Un acuerdo preliminar fue establecido el 7 de junio de 1263. Carlos debía entregar 50.000 marcos esterlinos como rachat del feudo y comprometerse a una «ayuda» anual de 10.000 onzas de oro. Garantizaba la libertad de elecciones episcopales, la no aceptación de la corona imperial, y una completa abstención en los asuntos del resto de Italia, algo que seguramente no pensaba cumplir.
La curia nunca estuvo convencida de la oportunidad de dicho acuerdo. Cuando llegó la noticia a Manfredo, éste desató una ofensiva sobre las marcas y Campania, obligando al papa a refugiarse en Orvieto. Carlos, que acudió en su ayuda, obtuvo un premio que era quebranto de la palabra dada: fue elegido senador de Roma. En estas condiciones, el 15 de agosto de 1264 se confirmó el acuerdo y se hizo la investidura. Pero el papa murió antes de que el de Anjou tomara posesión efectiva del territorio.
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