Pelagio I (16 abril 556 - 3 marzo 561)
Su nombre indica que se trataba de un romano, de vieja y noble estirpe. En el año 556 podía considerarse como el mejor preparado para ceñir la tiara. Ordenado diácono, acompañó a san Agapito en su embajada en Constantinopla y se convirtió en cabeza del grupo de clérigos romanos que, tras la muerte del papa tomaron parte en el concilio. En la crisis que siguió a la deposición de Silverio apoyó abiertamente a Vigilio, prestándole grandes servicios. Nombrado por éste apocrisiario en Constantinopla, pudo entrar en el grupo de confidentes de Justiniano y Teodora: a él se encomendó redactar el decreto imperial que condenaba las doctrinas de Orígenes. Luego se le confió la administración de Roma durante la larga ausencia de Vigilio: tomó abiertamente la actitud de los obispos occidentales en la querella de los Tres Capítulos y alcanzó una gran popularidad cuando el año 546 Tótila, rey de los godos, cercó y tomó la ciudad, pues evitó matanzas, saqueos y destrucciones. Tótila le pidió que regresara a Constantinopla, para negociar una paz, y allí permaneció, al lado de Vigilio, sosteniendo con energía su actitud frente al monofisismo, hasta el punto de ser enviado a prisión en un monasterio.
Cuando el papa suscribió las Actas del Concilio de Constantinopla, su actitud cambió: no podía negarse que el de Constantinopla era un concilio verdaderamente ecuménico que obligaba a obediencia. Su firme actitud a favor del mismo le valió la estima de Justiniano, que le consideraba ya como el eclesiástico más importante del Imperio. Una especie de elección organizada por el emperador, fuera de Roma, le convirtió en papa. Los romanos le recibieron con la hostilidad que cabe suponer. Los obispos se negaban a oficiar en la consagración y sólo el 16 de abril un clérigo de Ostia, que decía tener la representación del obispo, junto con los de Perugia y Ferentino, accedieron. Comenzó su pontificado prestando solemne juramento de fidelidad a los concilios ecuménicos, especialmente al de Calcedonia y, asimismo, no haber tenido nada que ver con la muerte de Vigilio. De este modo venía a demostrar que nadie tiene poder para juzgar a un papa, que se exculpa por sí mismo. Sin embargo, era el representante imperial, Narsés, quien se encargaba de sostenerle en su puesto con sus soldados.
A pesar de todo, y aunque los obispos de Aquileia y de Milán le negaron la comunión, iniciando un cisma que se prolongaría bastantes años, Pelagio fue un excelente papa: había decidido restaurar la unión entre los dos sectores de la Iglesia haciendo aceptable la doctrina de todos los concilios. Su gran cultura le permitió traducir al latín textos griegos del siglo v, Los dichos de los ancianos, que prestarían una gran ayuda en la formación de clérigos y monjes. Cuando Narsés instaló en Rávena la sede de su gobierno, el papa obtuvo amplios poderes sobre la ciudad de Roma, que había sufrido mucho durante la guerra gótica. Aprovechó también la oportunidad de las recuperaciones justinianeas para reorganizar las propiedades pontificias en Italia, Dalmacia y el norte de África, cuyas rentas, abundantes, le permitieron asumir plenamente la annona imperial o suministro de la ciudad. Su preocupación por la moral del clero, la energía con que defendió la ortodoxia y la eficacia de un gobierno que se aplicaba a restaurar la ciudad, le ganaron el respeto y la simpatía crecientes en Italia, sin que pudieran hacerse extensivos a las otras regiones de Occidente. Hay un silencio absoluto acerca de sus relaciones con España o las Galias. Justiniano no se vio defraudado: tuvo en Pelagio un excelente colaborador.
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