Martén IV (22 febrero 1281 - 28 marzo 1285)
Golpe de Estado. De nuevo una vacante de seis meses con un final muy grave. Los cardenales, reunidos en Viterbo, no lograban ponerse de acuerdo, cuando Carlos de Anjou decidió dar un golpe de Estado valiéndose de las autoridades de la ciudad, que aprisionaron a dos de los purpurados, mientras el rey presionaba a Mateo Rosso Orsini para impedir que interviniese. Por esta vía se eligió a Simón de Brie, antiguo archidiácono de Rouen, tesorero de San Martín de Tours y canciller y guardasellos de san Luis. Cardenal de Santa Cecilia desde 1264, vivía entregado con todo entusiasmo a la misión de hacer triunfar los proyectos de Carlos de Anjou. Tomó el nombre de Martín IV, por el patrón de Francia y por el error de haber confundido a Marino I y II con Martín. Ha sido definido como «el más francés de todos los papas» por su empeño en propiciar el triunfo absoluto de los angevinos. No sólo renunció en Carlos el oficio de senador, sino que le entregó el gobierno de todos los Estados Pontificios; Jean d’Eppe se hizo cargo de Romagna y Guillermo Durando, el famoso autor del Speculum iudiciale, fue nombrado vicario general. Las relaciones con Rodolfo de Habsburgo se mantuvieron correctas porque el rey de Romanos se abstuvo cuidadosamente de intervenir en los asuntos de Italia.
// Vespro. Nacía así un Imperio angevino tan amenazador para la independencia de la Iglesia como lo fuera en tiempos el de los alemanes. Carlos compró a María de Antioquía sus derechos sobre Jerusalén y comenzó a usar este título enviando a Rogerio de San Severino en calidad de bailío a tomar posesión de las escasísimas reliquias que aún sobrevivían del antiguo reino. Al mismo tiempo mantenía abiertas relaciones comerciales con Egipto para evitar amenazas desde este sector. Poco a poco iba aumentando sus dominios. Gobernaba Albania y Acaya, esta última en nombre de su nuera, y ostentaba la soberanía feudal sobre Atenas y los otros señoríos latinos en Grecia. El objetivo final era la conquista de Constantinopla, presentándose como heredero de Balduino II. Todo estaba preparado cuando se negoció en Orvieto, interviniendo la cancillería pontificia, una alianza entre Carlos, Felipe de Courtenay y la República de Venecia (3 de julio de 1281). Martín IV dio la señal: sin que se hubiera dado motivo alguno, excomulgó a Miguel VIII (18 noviembre 1281), prohibió a los católicos prestarle cualquier clase de ayuda (26 marzo 1282) y finalmente declaró nula la unión que tan trabajosamente se consiguiera en Lyon. Martín, mientras tanto, no residía en Roma: estableció en Orvieto y en Perugia su residencia.
Los manifiestos errores de Martín IV causaron un indudable daño a la Iglesia pues la convirtieron en un satélite de la política francesa, y a Italia porque la lanzaron de nuevo por el camino de la guerra: el primero de mayo de 1282 los gibelinos, mandados por Guido de Montefeltro, derrotaron a las tropas pontificias; el 30 de marzo, tras una delicada operación de acercamiento entre la nobleza siciliana, el rey Pedro III de Aragón (1276-1285) y el emperador Miguel, aclarada por Steven Runciman (The Sicilian Vespers, Cambridge, 1958), estallaba la gran revuelta conocida como las «Vísperas Sicilianas». Los rebeldes acudieron a Martín IV como a su señor natural, pero él los rechazó con dureza ordenándoles someterse sin condiciones a Carlos de Anjou. Pedro III, yerno de Manfredo, aceptó la corona y el papa le excomulgó. Esfuerzo inútil: la flota catalana, reforzada en Sicilia, hizo añicos el Imperio angevino. Sin proponérselo, los aragoneses habían prestado un servicio al papa, pues dividieron el reino en dos, alejando el agobiante dominio que desde él se ejercía.
Protector de los franciscanos, Martín IV publicó la bula Ad fructus liberes (13 diciembre 1281), autorizándoles la predicación y la confesión. Este privilegio provocó la resistencia del clero secular, que lo consideraba como una ingerencia en sus propias funciones. Martín IV murió en Perugia, pocas semanas después del fallecimiento de Carlos de Anjou.
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