Julio II (31 octubre 1503 - 21 febrero 1513)
Personalidad y carrera eclesiástica. Juliano della Rovere nació en Abisola, cerca de Savona, el 5 de diciembre de 1443, y su carrera estuvo ligada a la protección de su tío Sixto IV. Cuando éste ascendió al pontificado, Juliano abrazó el estado eclesiástico y, en seguida, fue nombrado obispo de Carpentras y creado cardenal del título de San Pedro ad vitícola en el mismo consistorio que su primo Pedro Riario (15 diciembre 1471). En los años sucesivos acumuló numerosas dignidades: los obispados de Lausana (1472), Mesina y Catania (1473), Avignon (1474), Coutance (1476), Viviers (1478), Bolonia (1483), Lodévois (1488), Savona (1499) y Vercelli (1502), y además ricas abadías.
En 1474 hizo su entrada en la vida política. Muerto su primo, el cardenal Riario, con el que rivalizaba, su tío le nombró obispo de Avignon y, en 1476, legado de esta ciudad pontificia. Después de la conjura de los Pazzi contra los 312 Médicis se desató la guerra entre Florencia y el Estado de la Iglesia, y el papa designó al cardenal Della Rovere legado a latere para entablar negociaciones y restablecer la paz. En el pontificado de Inocencio VIII actuó de consejero en la guerra que todavía continuaba entre Ferrante de Nápoles y Roma, y que terminó en mayo de 1492. Al subir al trono pontificio Alejandro VI, el cardenal Della Rovere se pasó a la oposición y así se mantuvo hasta la muerte del papa Borja. Acompañó a Carlos VIII de Francia en su marcha sobre Nápoles c intentó inútilmente deponer al pontífice cuando los franceses entraron en Roma. Cuando el rey francés se retiró de Italia en 1495, Della Rovere se encerró en su legación de Avignon y allí recibió a César Borja cuando éste, nombrado duque de Valentinois, fue a entregar a Luis XII (1498-1515) la dispensa papal para poder casarse con Ana de Bretaña. Después del breve pontificado de Pío III, el cardenal Della Rovere fue elegido papa el 1 de noviembre de 1503. Tomó el nombre de Julio II y fue coronado con gran pompa el 26 de noviembre.
Estadista y mecenas. El principal objetivo de Julio II fue, a juicio de Cloulas Jales II, París, 1990), restaurar y consolidar los Estados de la Iglesia. Para ello utilizó de forma sistemática las armas temporales y las espirituales, y cambió de alianzas cuando favorecía sus intereses. De hecho, Julio II más parecía seguir las huellas de un general que las de san Pedro. En 1506 asumió directamente el mando de un ejército para recuperar las ciudades de Perugia y Bolonia, en las que habían impuesto su propio poder los Baglioni y los Bentivoglio, y lo consiguió con el apoyo de las tropas francesas. Y como los venecianos se resistían a devolver las plazas que ocupaban indebidamente en la Romagna, Julio II firmó la Liga de Cambrai (1508) con el emperador Maximiliano I (1493-1519) y Luis XII de Francia. El papa excomulgó a los venecianos y el ejército de la liga los derrotó, obligando a Venecia a restituir al papado todos los territorios usurpados. A fin de no debilitar en exceso a la república de Venecia y para contrarrestar el poder de Francia en la Italia del norte, Julio II cambió de campo, firmó la paz con los venecianos (1510) y concertó una liga con España e Inglaterra contra los franceses y su aliado el duque Alfonso de Ferrara. A los enfrentamientos militares acompañaron los eclesiástico-disciplinares. Luis XII convocó un concilio en Pisa (1511) para condenar al papa (16 mayo 1511) y éste respondió convocando el concilio de Letrán (18 julio 1511). La guerra entre tanto seguía su curso, pero con la adhesión del emperador al Concilio de Letrán (diciembre 1512) la victoria de Julio II parecía total. El concilio, además de condenar a los franceses por promover el conciliábulo de Pisa, ratificó la condena de las prácticas simoníacas que se utilizaran para conseguir votos en los futuros cónclaves, y tomó importantes medidas para la reforma de la Iglesia.
Aunque los monarcas españoles tuvieron serios problemas con Julio II por la política de las provisiones episcopales, gracias al empeño del rey Fernando, les concedió la bula Universalis Ecclesiae (28 julio 1507) por la que otorgaba el patronato de las tierras descubiertas y por descubrir en las Indias, que «es la mejor piedra que adorna la corona, la parte más principal del mayorazgo del reino». El papa otorgó a los reyes y a sus sucesores el derecho a nombrar obispos y a designar a todos los titulares de cualquier tipo de beneficio eclesiástico.
Julio II no sólo fue un estadista, sino también un auténtico mecenas y amante de las artes. Gracias a él se convirtió Roma en el centro del Renacimiento italiano, acogiendo a los mejores artistas. Encargó a Bramante (1444-1513) la construcción de la nueva basílica de San Pedro, «un templo tan grande como ningún otro existiera», que había de sustituir a la vieja basílica vaticana, y el 18 de abril de 1506 se puso la primera piedra, aunque su terminación iba a exigir el esfuerzo de no menos de veinte pontificados. Miguel Ángel (1475-1564) pintó los famosos frescos del techo de la capilla Sixtina y Rafael (1483-1520) los apartamentos pontificios.
Julio II murió el 21 de febrero de 1513 y fue sepultado en San Pedro junto a la tumba de su tío Sixto IV, pero después fue trasladado al mausoleo que había proyectado en la iglesia de San Pedro ad vincula. Del gigantesco monumento sepulcral que Miguel Ángel había proyectado, sólo la imponente figura de Moisés le confiere una especial fuerza de atracción, pues «toda la vehemencia violenta y la energía casi sobrehumana del papa Della Rovere, y también el orgullo, el tesón, la naturaleza indomable y el carácter desmesurado, vehemente y apasionado del artista, nos hablan desde esta figura titánica».
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