Juan Pablo I (26 agosto 1978 - 29 septiembre 1978)
Personalidad y carrera eclesiástica. Albino Luciani nació (17 octubre 1912) en Forno di Canale (Belluno), localidad que actualmente se llama Canale d’Agordo. En el mismo momento de nacer, la comadrona le bautizó de inmediato, pues temía que se muriese de un momento a otro; su delicada salud fue una de sus constantes desde el primer momento de su existencia. Sus padres, de origen muy modesto, fueron Giovanni y Bartolomea Tancon, y además de Albino, su primogénito, tuvieron otros tres hijos: Federico, que murió de niño, Edoardo y Antonina. El cabeza de familia se ganaba la vida como albañil, viéndose obligado a emigrar a Suiza y Alemania para encontrar trabajo.
Siendo niño, al escuchar la predicación de un padre capuchino, descubrió los primeros síntomas de su vocación. Al cumplir los once años, en el mes de octubre de 1923, ingresó en el seminario menor de Feltre. Poco después de tomar esta decisión, su padre, que apenas frecuentaba la iglesia e ideológicamente estaba próximo al socialismo, le escribió una carta en uno de cuyos párrafos se podía leer lo siguiente: «Espero que cuando seas cura te pondrás de parte de los pobres y de los trabajadores, porque Cristo estuvo de su parte.» Albino Luciani conservó esta carta entre sus objetos personales hasta el último día de su vida.
En 1928 pasó al seminario mayor de Belluno. Fue ordenado de subdiácono en 1934, al año siguiente de diácono, y recibió la ordenación sacerdotal (7 julio 1935) de manos del obispo Cattarossi en la iglesia de San Pedro de Belluno. Entre 1935 y 1937 fue capellán del Instituto Técnico Minero de Agordo. En 1937 fue nombrado vicerrector del seminario de Belluno, puesto en el que permaneció durante diez años, explicando diversas asignaturas. Durante este tiempo también elaboró su tesis doctoral en teología que defendió el 27 de febrero de 1947 en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, bajo el título El origen del alma humana según Antonio Rosmini, que sería publicada tres años después. Su predilección por la catequesis fue uno de los rasgos peculiares de su ministerio pastoral, lo que se puso de manifiesto especialmente, como veremos, en las cuatro audiencias generales de su breve pontificado. En 1949, como director del centro catequético organizó un congreso diocesano de catequesis y publicó su Catecheüca in bricioli Catequesis en migas), una guía clara y útil para la formación de los catequistas. Durante sus últimos años de permanencia en Belluno fue designado vicario general de la diócesis (6 febrero 1954) y canónigo de la catedral (30 junio 1956).
Juan XXIII (1958-1963) le promovió a la sede episcopal de Vittorio Véneto, y el propio papa le consagró obispo en la basílica de San Pedro (27 diciembre 1958). Durante los once años que permaneció en esta diócesis desarrolló un intenso trabajo: impulsó el seminario, fortaleció la vida parroquial, para lo que construyó nuevas iglesias, y fomentó las iniciativas en las actividades parroquiales, impulsó la práctica de los ejercicios espirituales entre sus feligreses y muy especialmente entre los sacerdotes, a los que en más de una ocasión les predicó personalmente durante esos días. Después de su muerte, fueron publicadas las meditaciones que predicó en una de estas tandas, bajo el título de El buen samaritano. Su espíritu universal, misionero, le hacía sentir como propias las necesidades de toda la Iglesia, especialmente las que afloraban en las zonas en las que todavía hacía muy poco tiempo que se había comenzado a predicar el Evangelio. Por esta razón, al solicitarle el obispo Makarakiza ayuda para su diócesis de Kuntega en Burundi, la «adoptó», envió sacerdotes y estableció allí una misión diocesana; durante la segunda quincena de agosto de 1966 viajó a Burundi para impulsar los trabajos misionales de aquella región.
Participó en las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II, a donde acudió —según sus palabras— «más para aprender que para enseñar». En las cuatro sesiones tuvo que abandonar por algunos días los trabajos conciliares, para atender algunos problemas de su diócesis que exigían su presencia en Vittorio Véneto.
El 15 de diciembre de 1969, Pablo VI le nombró patriarca de Venecia, donde dos meses después hizo su entrada oficial. En junio de 1972 fue elegido vicepresidente de la Conferencia episcopal italiana, cargo que ocupó hasta junio de 1975. El 5 de marzo de 1973 fue nombrado cardenal. Como patriarca de Venecia realizó dos viajes pastorales al extranjero: a Suiza, en 1971, y a Brasil, en 1975, donde fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad estatal de Santa María de Río Grande do Sul. Ante la buena acogida que tuvieron entre los venecianos los artículos doctrinales y catequéticos que su patriarca publicaba periódicamente en // messagero di sant’Antonio, se reunieron en un volumen y se editaron con el conocido título de llustrísimos señores. Tras su elección como sucesor de san Pedro, el libro fue traducido a muchos idiomas y alcanzó una altísima difusión.
En cuanto a su talante, bien se puede decir que no le falló a su padre, cuando éste le solicitó que estuviera siempre de parte de los pobres. Tanto en Vittorio Véneto como en Venecia, monseñor Luciani fomentó el trato con los parados, los marginados, los alcohólicos y las ex prostitutas, para ayudarles materialmente y acercarles a Cristo. Pero si todas estas personas fueron objeto de su dedicación, hasta el punto de que muchos de ellos le consideraban su amigo, el espacio preferente de los afectos de Luciani estuvo siempre reservado para los niños discapacitados. Tal actitud era la manifestación de la virtud de la caridad que se dejaba ver en Juan Pablo I revestida de una sincera amabilidad. Al presentarse en la plaza de San Pedro, antes incluso de pronunciar palabra alguna, conquistó a todo el mundo con su sonrisa. La caridad, la sencillez y la humildad encarnadas en su persona se convirtieron desde el principio en sus principales enseñanzas, hechas vida en él; sin duda que fue una gran herencia para tan corto pontificado, aceptada y reconocida unánimemente, por lo que popularmente ha pasado a la historia como «el papa de la sonrisa».
Su talante humano y comprensivo no fue incompatible con la virtud de la fortaleza, imprescindible en aquellos años para defender la doctrina de la Iglesia. En su diócesis hizo cumplir con fidelidad las enseñanzas del concilio, corrigiendo como maestro y pastor todas aquellas desviaciones que se produjeron durante los años posteriores al concilio. Luciani fue de los primeros y uno de los más firmes apoyos que tuvo Pablo VI, tras la publicación de la Humanae vítete (25 julio 1968). Otro momento en el que también dio pruebas de su fortaleza fue cuando las organizaciones de la FUCI (Federación de Universitarios Católicos de Italia) se alinearon en 1975 con los partidarios del divorcio; ante esa rebelión doctrinal, Luciani no dudó en disolver en su diócesis dicha organización y suspender el nombramiento del asistente eclesiástico que les había proporcionado. Sin duda era bien consciente de la impopularidad de la medida en las circunstancias por las que atravesaba Italia, pero se mantuvo firme en su decisión a pesar de los duros ataques de los que fue objeto por parte de diversos sectores influyentes de Italia.
¿Cómo fue posible, entonces, tan difícil equilibrio entre la mansedumbre y la fortaleza, virtudes las dos muy sobresalientes en su personalidad? La clave, sin duda, nos la ofrecen quienes le trataron de cerca, porque si la distancia se reconoce en Juan Pablo I a «un hombre de Iglesia», en la proximidad se ponía de manifiesto que además era «un hombre de Dios»:
El papa Luciani era un hombre de oración. La oración era para él a la vez una necesidad y el origen de su fortaleza. A primeras horas de la mañana, cuando todo permanecía inactivo, se le podía ver en la capilla rezando frente al sagrario. El superior de los agustinos de Santa Mónica, donde se alojaba, cuando tenía que permanecer en Roma durante su etapa de cardenal, ha escrito de él lo siguiente: «Su vida era la oración. Su vida interior, su unión con Dios y su santidad irradiaban a través de su rostro sonriente. Con amor paterno anima a todos a sentirse íntimos amigos suyos. En cierta ocasión, glosando a san Agustín, que había dicho que para "predicar era necesario previamente rezar", Luciani lo expresaba a su manera con estas palabras: "para hablar ’de’ Dios, es necesario previamente hablar ’con’ Dios"» (B. Mondin, Dizionario enciclopédico dei papi, Roma, 1995).
El 10 de agosto el cardenal Luciani partió para Roma con el fin de asistir al cónclave, que, a primera vista, se presentaba largo y muy complicado. Su nombre no figuraba en ninguno de los pronósticos que se hicieron. Es más, en la apertura del cónclave él permanecía tranquilo y ajeno a la responsabilidad que estaba a punto de caerle sobre sus hombros. Según testimonio de algunos asistentes a dicho cónclave, pasaba de continuo las cuentas del rosario, que era una de sus devociones predilectas. En palabras del cardenal Leo Jozef Suenens (1902-1996), aquélla fue una elección verdaderamente carismática. Igualmente sobre la repentina y temprana concentración de votos sobre la persona de Luciani se han manifestado también otros participantes en aquel cónclave, como los cardenales Johannes Willebrands (1909), Francois Marty (1904-1994), Franz Konig (1905) y Paolo Bertoli (1908). En verdad, el cónclave con mayor número de participantes y el más internacional de la historia de la Iglesia, si se tiene en cuenta la procedencia geográfica de los electores, tuvo un desenlace inesperado, pues «en sólo nueve horas de votaciones, 110 cardenales coinciden "casi por aclamación" —como me diría personalmente uno de ellos— en la persona que había de asumir el ministerio papal» (J. Navarro Valls, Fumata blanca, Madrid, 1978).
El pontificado de Juan Pablo I. Al día siguiente de la elección de Juan Pablo I era domingo, y después del rezo del Ángelus, el nuevo sucesor de san Pedro contaba con sencillez lo que «le» había pasado y descubría con toda naturalidad sus sentimientos a quienes le escuchaban en la plaza de San Pedro y en todo el mundo, a través de la radio y la televisión:
Ayer por la mañana fui a la Sixtina a votar tranquilamente. Nunca podría haber imaginado lo que me iba a suceder. Cuando comenzó a desatarse el «peligro» sobre mí, dos colegas que estaban a mi lado me susurraron palabras de ánimo. Uno me dijo: «Ánimo, que cuando el Señor da una carga, concede también la ayuda para llevarla.» Y el otro colega: «No tengas miedo, que hay mucha gente en todo el mundo rezando por el nuevo papa.» Llegado el momento, he aceptado. Después, a la hora de elegir el nombre que quería tomar, he tenido que pensar muy poco tiempo. Hice el siguiente razonamiento. Juan XXIII quiso consagrarme obispo con sus propias manos aquí, en la basílica de San Pedro; después, aunque indignamente, fui sucesor suyo en Venecia en la cátedra de San Marcos [...] Después, Pablo VI no sólo me hizo cardenal, sino que también, hace unos meses, sobre la pasarela de la plaza de San Marcos me puso colorado ante 20.000 personas, porque quitándose su estola la colocó sobre mis hombros; jamás me había puesto tan colorado. Por otra parte, en los quince años de su pontificado, no sólo a mí, sino a todo el mundo, Pablo VI ha demostrado cómo se ama, cómo se sirve, cómo se trabaja y cómo se sufre por la Iglesia de Cristo. Por todo esto me llamaré Juan Pablo. Aunque yo no tengo ni el corazón de Juan XXIII, ni la cultura y la preparación de Pablo VI, sin embargo estoy ahora en su puesto y debo intentar servir a la Iglesia. Espero que me ayudéis con vuestra oración.
En los 33 días que duró el pontificado de Juan Pablo, no hubo materialmente tiempo para tomar decisiones. Confirmó al cardenal Jean Villot (1905-1979) como secretario de Estado. En definitiva, todo el magisterio de su pontificado se puede resumir en los ocho discursos o alocuciones que pronunció con diferentes motivos y las cuatro audiencias generales que pudo celebrar duranle los cuatro miércoles del mes de septiembre, En su alocución ante el colegio cardenalicio (30 agosto 1978) expuso las líneas que se proponía trazar en su programa: aplicar las normas conciliares, reforzar la disciplina eclesiástica, concluir la reforma del Código de derecho canónico, impulsar las misiones, continuar el esfuerzo ecuménico y contribuir a la paz del mundo. Otras intervenciones suyas tuvieron lugar al recibir al cuerpo diplomático, a los representantes de la prensa internacional, a los obispos norteamericanos y filipinos que habían acudido a Roma para su visita ad limina, al alcalde de Roma y al clero romano.
Por otra parte, las cuatro audiencias generales que se celebraron los días 6, 13, 20 y 27 de septiembre, tienen un rico contenido doctrinal. En la primera de ellas, Juan Pablo I manifestó su intención de convertir aquellos encuentros en verdaderas catequesis, como ya hiciera Pablo VI. Y lo hizo con palabras muy directas, para que le entendiera todo el mundo. Así, por ejemplo, en la primera de ellas dijo: «Debemos sentirnos pequeños delante de Dios. Cuando yo digo: Señor yo creo, no me avergüenzo de sentirme como un niño pequeño delante de su mamá. Como él cree a su mamá, yo creo al Señor y creo también en aquello que él me ha revelado» (Juan Pablo I, Los textos de su pontificado, Pamplona, 1978). El segundo de los miércoles, tomando pie de una cita de Juan XXIII que él había anotado en uno de sus retiros, Juan Pablo I propuso a la audiencia ir hablando en las semanas sucesivas de las «siete lámparas de la santificación»; esto es, de las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cuatro virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza). Y siguiendo con la catequesis del miércoles anterior, refirió a los presentes que su madre le contaba, cuando ya fue mayor, las enfermedades que tuvo de niño y cómo tuvo que llevarle de un médico a otro, para a continuación sacar de esa vivencia personal la enseñanza catequética: «ante lo que me contaba mi madre... ¿Cómo podía decirle entonces, pues yo no te creo...?». Y hablando de fe, se refirió a la Iglesia como madre a la que hay que creer. El miércoles siguiente se ocupó de la esperanza. Y el último de los miércoles, la víspera de su muerte, su exposición se centró en la virtud de la caridad. Algunas de las palabras que pronunció el día 27, a la luz de su tránsito de unas horas después, cobraban pleno sentido: «Amar es tanto como viajar, correr con el corazón hacia el objeto amado [...] Amar a Dios es, pues, viajar con el corazón hacia Dios. Un viaje bellísimo.»
Sin duda, que aquellas cuatro semanas y media de pontificado fueron muy intensas para el papa. De todos los acontecimientos de esos pocos días, hay que destacar uno, por la impresión que le causó a Juan Pablo I. Me refiero a la muerte repentina del metropolita Nikodim de Leningrado, mientras le recibía en su biblioteca privada el 5 de septiembre. él mismo contó lo sucedido al clero de Roma:
Hace dos días ha muerto en mis brazos el metropolita Nikodim de Leningrado. Yo estaba respondiendo a su saludo. Os aseguro que nunca en la vida había escuchado palabras tan hermosas para con la Iglesia, como las que él acababa de pronunciar; no puedo decirlas, quedan en secreto. Verdaderamente estoy impresionado. ¡Ortodoxo, pero cómo amaba a la Iglesia! Y creo que haya sufrido mucho por la Iglesia, haciendo muchísimo por la unión.
El mismo día de su fallecimiento (28 septiembre 1978), Juan Pablo I tuvo una intensa jornada de trabajo. Celebró varias audiencias; entre otras con el grupo de obispos filipinos, con el cardenal Bernardin Gantin (1922) y con el vicario de Venecia. Por la tarde, habló con el cardenal Giovanni Colombo (1902-1992), a quien pidió que rezara por el papa. Tras recitar completas, se retiró poco después de las once. A las seis de la mañana, su secretario particular se lo encontró muerto en su habitación. Avisados de inmediato el cardenal secretario de Estado, Jean Villot y el doctor Buzzonetti, este último no pudo hacer otra cosa que certificar la defunción de Juan Pablo I. Al igual que se hiciera con Pablo VI, sus restos fueron depositados en una sencilla caja de madera y enterrados en la cripta de san Pedro. Días después, en la homilía que pronunció el cardenal Cario Confalonieri (1901-1986) para resumir el paso de Juan Pablo I por la cátedra de San Pedro, afirmó que su pontificado se podía definir como un diálogo amoroso entre un padre y sus hijos.
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