Juan IX (enero 898 - enero 900)
Las dos facciones, de partidarios y enemigos de Formoso, estaban ahora firmemente asentadas. Los primeros contaban con mayoría en el clero. Lograron el apoyo, que podía resultar decisivo, de Lamberto de Spoleto, que desde el 892 ostentaba la corona imperial, residía en Rávena y dominaba una gran parte de Italia. La aristocracia del Patrimonium tenía a su frente a Adalberto, marqués de Toscana. Fueron los partidarios de este último los que, en el momento de la muerte de Teodoro, se adelantaron a proclamar al obispo de Caere, Sergio, poniéndole en posesión de Letrán. Pero Lamberto intervino para expulsar a este intruso por la fuerza y hacer que fuera elegido un monje nacido en Tívoli, Juan IX. Las noticias que tenemos de este pontificado siguen siendo confusas. Continuó desde luego la política de Teodoro de restaurar el orden legitimando los actos de Formoso. Un sínodo romano al que asistieron también obispos del norte de Italia, reivindicó la memoria de aquél, otorgando a la vez un amplio perdón a sus enemigos, que tuvieron que reconocer que habían actuado bajo amenaza. Sólo Sergio, dos presbíteros, Benito y Marino, y tres diáconos, León, Juan y Pascual, quedaron excluidos. Los spoletianos entraban ahora en línea de defensores de la legitimidad. Se prohibió en adelante juzgar a los muertos. Para evitar confusiones se puso nuevamente en vigor la Constitutio romana del 824: los papas serían elegidos por el clero, en presencia del Senado y el pueblo romanos, pero no podrían ser consagrados sin la presencia de los representantes del emperador.
Otro sínodo tuvo lugar en Rávena, esta vez bajo la protección de Lamberto. Se trataba de establecer un nuevo orden político en Italia. Lamberto, emperador, tenía derecho a recibir en grado de apelación todas las causas, ya fuesen de laicos o de clérigos; por su parte confirmaba todos los privilegios de la sede romana, declarándose protector de la misma. De este modo se pensaba haber llegado nuevamente a un equilibrio como en los mejores momentos de Luis II, si bien el resultado era un retroceso en el poder de los papas y un ascenso del duque de Spoleto a la singular posición de dueño indiscutible de Italia. Desde esta nueva concordia, Juan tomó dos decisiones: restablecer la unión con Oriente, enviando una carta sinódica al patriarca Antonio Cauleas, ratificando la comunión con Ignacio, Focio en su segunda etapa, Esteban y ahora el propio Antonio; y admitir la Iglesia de Moravia, enviando a este país, pese a las protestas de los obispos de Baviera, dos legados y un metropolitano. En ambos casos los resultados fueron mediocres: los orientales apenas prestaron atención a los proyectos de unidad, y la Iglesia morava desapareció el año 906 al ser sometido el país por los magyares.
El papa esperaba de esta verdadera restauración del Imperio, en dimensiones limitadas, una sumisión de la aristocracia romana. Pero Lamberto murió, en accidente de caza el 15 de octubre del 898. La nobleza se encontraba de nuevo en condiciones de imponer su voluntad.
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