Inocencio XII (12 julio 1691 - 27 septiembre 1700)
Personalidad y carrera eclesiástica. Antonio Pignatelli nació el 13 de marzo de 1615 en el castillo que su padre poseía en Spinazzola, cerca de Bari. Miembro de una de las familias de más rancia aristocracia del reino de Nápoles, su padre era príncipe de Minervino y grande de España. Después de hacer los primeros estudios, pasó al colegio romano de los jesuitas y estudió leyes, licenciándose en ambos derechos. Gracias a las buenas relaciones con influyentes eclesiásticos romanos y, en particular, con Urbano VIII, inició una rápida carrera en la curia: vicelegado de Urbino, inquisidor de Malta y gobernador de Viterbo. Ocupó después las sedes diplomáticas más prestigiosas: nuncio en Florencia (1652), Polonia (1660) y Viena (1668). En 1673 Clemente X le nombró secretario de la Congregación de obispos y regulares, y en 1681 Inocencio XI le creó cardenal presbítero del título de San Pancracio. Designado arzobispo de Nápoles el 30 de septiembre de 1686, Pignatelli se distinguió en la diócesis napolitana por la rectitud de miras, profunda religiosidad y preocupación por los pobres.
De todos los cónclaves del siglo xvii, el más largo fue el de 1691. Duró cinco meses, del 12 de febrero al 12 de julio. Ni los españoles, ni los franceses, ni los imperiales se avinieron a votar por Barbarigo, candidatura de los zelanti, aunque todos repetían que nada tenían que objetar contra aquel santo cardenal, que no ambicionaba la tiara. Desde fines de abril, los sufragios se fueron acumulando sobre el nombre de Pignatelli. El calor estival obligó a los conclavistas a acelerar la elección y, contra la resistencia de los franceses, la mayoría de los cardenales optó por Antonio Pignatelli, que fue elegido el 12 de julio de 1691. Escogió el nombre de Inocencio XII en memoria del pontífice que le había hecho cardenal, fue coronado tres días después en San Pedro y no tomó posesión de San Juan de Letrán hasta el día 13 de abril del siguiente año.
El fin del nepotismo y la actividad política. Una de las primeras medidas del nuevo papa fue arrancar de cuajo el nepotismo, para lo cual, ejecutando un antiguo deseo de Inocencio XI, expidió la bula Romanum decet Pontificem (20 junio 1692), suscrita y jurada por el papa y por los 35 cardenales presentes entonces en Roma, prohibiendo severamente a los papas venideros conceder honores, cargos públicos, pensiones, etc., a sus hermanos, sobrinos y demás parientes, o enriquecerlos a costa de la Iglesia por motivo de parentesco. Así se atajó el excesivo favoritismo de los pontífices y el nepotismo pasó a ser historia. Se suprimió el cargo de cardenal nepote y, en su lugar, se consolidó ya definitivamente el de cardenal secretario de Estado, como responsable de la dirección de los asuntos de Estado.
En el ámbito de las relaciones de política eclesiástica, Inocencio XII trató de mejorar las relaciones con Francia. En 1693 Luis XIV comunicó al papa que había sido revocada la orden de enseñanza de los artículos galicanos. En compensación, el pontífice otorgó finalmente la institución canónica a los candidatos de la sedes vacantes, pero sólo después de que todos y cada uno manifestara en carta dirigida al papa su sentimiento, por lo menos genérico, de lo ocurrido. El decreto sobre las regalías no fue revocado y los cuatro artículos galicanos, como no habían sido condenados, siguieron enseñándose en muchas facultades francesas. Por lo tanto no se puede hablar de un rendimiento sin condiciones por parte de la monarquía francesa, sino únicamente de un compromiso. «Luis XIV no fue a Canosa —comenta Ranke (Historia de los papas, p. 557)—, pero hizo hacer este camino a los obispos, sus dóciles instrumentos.» Al emperador Leopoldo le prestó auxilio económico para la guerra contra los turcos, y cuando llegó a Roma la noticia de la victoria de Salankemen (1691) y la conquista de Granvaradino (1692), ordenó que en Roma se celebrase con grandes fiestas populares y funciones litúrgicas. Pero las relaciones entre ambos se nublaron más tarde, porque Leopoldo concedió la investidura de elector del Imperio al protestante Enrique Augusto de Hannover y, sobre todo, por las actitudes absolutistas y poco conciliadoras de los embajadores imperiales en Roma. En cambio, el cardenal Forbin, embajador de Francia, hacía cuanto podía por captarse la benevolencia del pontífice, tanto que Inocencio XII empezó a inclinarse hacia Luis XIV, que también deseaba atraerse la voluntad del papa en el grave negocio de la sucesión a la corona hispánica.
En la sucesión al trono polaco (1696), en un primer momento el papa sostuvo la candidatura del católico francés Conti, pero luego reconoció sin dificultad la elección de Federico Augusto de Sajonia (1697-1733), que era luterano aunque se convirtió al catolicismo en 1697, apoyada por Austria, Rusia y Prusia.
También luchó el pontífice por alcanzar la paz entre Luis XIV y la gran coalición europea. Y aunque en el congreso de paz de Rijswijk (1697) la Santa Sede no estuvo representada oficialmente, el papa celebró su firma y la cláusula que garantizaba el mantenimiento de los derechos de la religión católica en aquellos Estados que en virtud del tratado de paz pasasen a dominio protestante.
Al final del pontificado tuvo que ocuparse también del problema de la sucesión a la corona española. Como el rey Carlos II (1665-1700) pidió consejo al papa, Inocencio XII se pronunció en favor del príncipe elector de Baviera, José Fernando; pero al morir éste repentinamente en 1699, el cardenal Portocarrero haciendo valer, tal vez, la opinión del papa (L. Pastor, Historia de los papas, XXXII, pp. 559-60), consiguió que nombrase heredero a Felipe de Anjou.
La vida de la Iglesia. En el ámbito doctrinal tuvo que pronunciarse en la disputa que surgió entre los obispos franceses Fénelon (1651-1715) y Bossuet (1627-1704) sobre ciertas opiniones quietistas (P. Zovato, La polémica Bossuet-Fénelon, Padova, 1968). La acalorada controversia literaria, que sobre todo Bossuet desarrolló con cortante agudeza, acabó por ser sometida al dictamen del papa. Inocencio XII, por el breve Cum aliae del 12 de marzo de 1699, condenó 23 proposiciones sobre el amor purísimo de Dios, entresacadas del libro Explicatlons des máximes des Saints sur la vie intérieure de Fénelon, arzobispo de Cambrai y defensor de Madame Guyon, promotora de una forma mitigada de quietismo.
Trató de mejorar el funcionamiento de la curia romana, reformando la Penitenciaría y la Dataría; encargó al cardenal Colloredo la visita canónica del clero romano, mandó a los sacerdotes vestir el hábito talar, no llevar peluca y retirarse dos veces al año a hacer ejercicios espirituales; introdujo en Roma, al igual que había hecho antes en Nápoles, un rito de mayor solemnidad para acompañar al Santísimo en el viático; promovió la predicación y concedió la púrpura cardenalicia a personajes insignes, como el dominico Ferrari, el agustino Noris o el benedictino Sfondrati. También se preocupó de las misiones y promovió la acción de la congregación De Propaganda Fide en Persia, China y aun en América.
Inocencio XII reorganizó la administración pontificia, corrigiendo el mecanismo que se practicaba en la adquisición de los cargos; reformó los tribunales de justicia, reuniéndolos en la «curia inocenciana» (palacio de Montecitorio); redujo los gastos de la corte y construyó el puerto de Anzio y a su lado una fortaleza. Habiendo conocido de cerca el pauperismo en Nápoles, trató de afrontar la plaga de indigencia que azotaba a Roma y que constituía un peligro constante para el orden público, destinando el palacio Lateranense para recoger y sostener a los pobres inhábiles para el trabajo. Con la idea de reunir en un hospicio a los niños y jóvenes pobres, procurándoles algún trabajo, levantó un vasto edificio en San Michele in Ripa, que fue ampliado por su sucesor. Con estas actuaciones, Inocencio XII se mostró como uno de los pontífices de la Edad Moderna más abiertos a los problemas sociales.
Murió Inocencio XII en la noche del 26 al 27 de septiembre de 1700, a los 85 años de edad, cuando se estaban celebrando las festividades del Año Santo que él había publicado solemnemente por la bula Regí saeculorum. Su cuerpo fue enterrado en la basílica de San Pedro.
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