Inocencio XI (21 septiembre 1676 - 12 agosto 1689)
Personalidad y carrera eclesiástica. Benedicto Odescalchi nació en Como el 19 de mayo de 1611. Miembro de una de las familias nobles más antiguas, estudió en el colegio de los jesuítas de Como. Al morir sus padres, un tío se hizo cargo de su educación, lo llevó a Genova y le encaminó en sus estudios hacia la práctica administrativa. Entre 1626 y 1632 realizó muchos viajes entre Genova y Milán y se familiarizó con el mundo de los negocios. En 1636 fue a Roma con una recomendación del gobernador de Milán para el cardenal español Alfonso de la Cueva que, junto con Francisco Barberini y Juan Bautista Pamphili (luego Inocencio X), le inclinaron hacia el estado eclesiástico. En Roma estudió derecho en la Sapienza y en Nápoles se doctoró en ambos derechos. Estimado por Urbano VIII le nombró protonotario y comisario general de Macerata (1644), e Inocencio X le otorgó la púrpura cardenalicia el 6 de marzo de 1645. En los años siguientes desempeñó diferentes cargos en la curia y una legación a Ferrara (1648) con motivo de la carestía. El 4 de abril de 1650 fue nombrado obispo de Novara y, después de recibir la ordenación sacerdotal y la consagración episcopal, cumplió celosamente con sus obligaciones pastorales, tomando como ejemplo la figura de san Carlos Borromeo. Permaneció en la diócesis hasta marzo de 1656, que volvió a Roma.
En los primeros días de agosto de 1676 se encerraron los cardenales en el cónclave para elegir nuevo papa. Entre los miembros del sacro colegio descollaban Benedicto Odescalchi y Gregorio Barbarigo. Si este último, a quien hoy se venera en los altares, no ciñó la tiara, se debió seguramente a su firme resistencia. A pesar de la inicial oposición francesa, los cardenales dieron su voto a Odescalchi, que fue elegido el 21 de septiembre de 1676 y tomó el nombre de Inocencio XI en agradecimiento al papa Pamphili, que le había elevado al cardenalato. El día 4 de octubre fue coronado y el 8 de noviembre entró en posesión de San Juan de Letrán.
Inocencio XI, de carácter dulce y benévolo, no obstante su rigorismo ascético, era meticuloso hasta la escrupulosidad, exacto cumplidor de su deber, reservado en el trato, ahorrador, contrario al lujo e incansable en las obras de beneficencia para con los pobres, enérgico e independiente en su gobierno. Rechazó cualquier tipo de nepotismo, de ahí que no nombrara cardenal a ninguno de sus sobrinos, sino que confió la Secretaría de Estado al cardenal Cibo.
El galicanismo. Grave era la situación que atravesaba la Iglesia. Había que frenar el absolutismo galicano de Luis XIV, levantar un dique a la marea creciente del Islam y, dentro de la Iglesia, sajar a tiempo las blanduras del laxismo, que empezaba a introducirse en la moral con el rótulo de «probabilismo», y en la espiritualidad con el nombre de «quietismo».
La política eclesiástica de Inocencio XI estuvo dominada por tres problemas fundamentales: las conflictivas relaciones con Francia, la lucha contra los turcos y las nuevas esperanzas para el catolicismo en Inglaterra (L. Pastor, Historia de los papas, XXXII, pp. 30-328). El Rey Sol, Luis XIV de Francia (1661-1715), reclamó para sí el derecho de las regalías, es decir, el derecho que ostentaba la corona desde la Edad Media sobre algunas diócesis, que consistía en administrar los bienes y cobrar las rentas (regalía temporal) y conferir en ellas los beneficios sin cura de almas (regalía espiritual). En 1673 el monarca francés extendió este derecho a todas las diócesis del reino. Sólo dos obispos se opusieron y solicitaron el apoyo del papa Inocencio XI. El pontífice, decidido a no tolerar más injerencias en los asuntos eclesiásticos, envió a Luis XIV tres breves (1678, 1679 y 1680) instándole a que renunciara a la extensión del derecho de regalías, y mostrándose especialmente duro en el tercero. El rey comprendió la gravedad de la situación y quiso asegurarse el apoyo del clero. La asamblea del clero de 1680 manifestó al monarca su pesar por las palabras usadas por el papa y ratificó su fidelidad a la corona. A finales de 1681, Luis XIV reunió una nueva asamblea que reconoció las regalías como un derecho soberano, reduciéndolas a límites menos peligrosos para la Iglesia, y en marzo de 1682 aprobó una declaración redactada por Bossuet (1627-1704) a instancias de Luis XIV. Los cuatro artículos aprobados el 19 de marzo de 1682 sostienen la independencia absoluta del rey de Francia en las cuestiones temporales, la superioridad del concilio sobre el papa, a tenor de los decretos de Constanza, la infalibilidad del papa condicionada al consentimiento del episcopado y la inviolabilidad de las antiguas y venerables costumbres de la Iglesia galicana. Luis XIV impuso en todas las escuelas de teología la enseñanza de los cuatro artículos.
Inocencio XI, antes aun de conocer el tenor de los artículos, mediante el breve Paternae Charitati del 19 de abril de 1682, manifestó severamente al clero francés su amargura por la debilidad demostrada por los obispos, que no se habían atrevido a defender los derechos de la Iglesia, refutó sus argumentos y declaró nulas todas las disposiciones sobre la regalía. Con respecto a los cuatro artículos prefirió, incluso después de conocer su contenido, no intervenir directamente, pero negó la institución canónica a los candidatos episcopales que hubieran tomado parte en las reuniones de 1681-1682. Con el fin de no aparecer débil, Luis XIV propuso para el episcopado únicamente a personas que habían aprobado los artículos. El resultado fue que en seis años las sedes vacantes subieron a treinta y cinco.
El conflicto se agravó porque el papa nombró arzobispo de Colonia al candidato imperial frente al que había presentado Luis XIV, y por la abolición del derecho de asilo de las embajadas en Roma en pro del orden público. Mientras España y Venecia se sometieron a la disposición papal, Francia no quiso aceptarla y el nuevo embajador francés entró en Roma en noviembre de 1687 con franca ostentación de armas y soldados. El papa le consideró excomulgado y no quiso recibirle, y a principios de 1688 hizo saber indirectamente a Luis XIV que tanto él como sus ministros debían considerarse incursos en las censuras eclesiásticas. Luis XIV, en el apogeo de su poder, no se preocupó lo más mínimo; es más, como represalia volvió a ocupar (como ya lo había hecho bajo Alejandro VII) Avignon y el Venaissin y, además, apeló al concilio. Inocencio XI murió sin recoger los frutos de su lucha.
Aunque no eran tiempos de cruzada, desde los primeros días de su pontificado Inocencio XI quiso establecer la concordia entre los príncipes cristianos y unirlos contra el turco invasor. No fue poco que, a pesar de la oposición de Francia, consiguió que el emperador y el rey de Polonia firmasen una alianza contra el turco, al que derrotaron el 12 de septiembre de 1683, obligándole a levantar el cerco de Viena. En 1686 también se reconquistó la ciudad de Buda.
El año 1685 subió al trono inglés Jacobo II (1685-1688), católico ferviente, que en seguida envió una embajada al papa y llamó a los jesuítas. Admirador de Luis XIV, quiso imitar su absolutismo, a pesar de las exhortaciones de Inocencio XI, que le aconsejaba respetar las libertades parlamentarias y tratar con moderación a sus súbditos no católicos. No le hizo caso y la reacción de los anglicanos no se hizo esperar; si no se sublevaron fue porque se esperaba que, a la muerte del monarca, le sucediese una de sus hijas, casadas con príncipes protestantes. Pero en 1686 la segunda mujer de Jacobo II, la católica María de Este, le dio un hijo varón, lo que abrió la perspectiva de una dinastía católica y autoritaria. Los protestantes ingleses ofrecieron entonces el trono a Guillermo de Orange, casado con la hija mayor de Jacobo, y el 5 de noviembre de 1688 desembarcó en Inglaterra sin que le resultara difícil apoderarse de todo el país. Jacobo II tuvo que refugiarse en Francia y la ruina del catolicismo en Inglaterra se consumó para siempre.
La vida de la Iglesia. Por lo que se refiere a la vida interna de la Iglesia, el papa condenó en 1679 sesenta y cinco proposiciones de moral laxista, pero para evitar que de esta condena se hiciera un arma contra los jesuítas, prohibió tres escritos en los que se pretendía demostrar que las referidas proposiciones estaban sacadas de las doctrinas de los miembros de la Compañía. Con esta medida quiso poner fin a la violenta campaña que los jansenistas llevaban a cabo contra los jesuítas en torno a estas materias, a la cual contribuyó en buena medida Pascal con la publicación de Las provinciales, dando origen a la leyenda negra del jesuitismo (R. García-Villoslada, Historia de la Iglesia católica, IV, Madrid, 1980, pp. 345-77).
Otro tanto ocurrió con el movimiento de espiritualidad que se desarrolló en Italia y Francia en el último tercio del siglo xvit, conocido con el nombre de «quietismo». Su principal representante fue el español Miguel Molinos (1628-1696), que residía en Roma desde 1669 y en 1675 publicó una obra titulada Guía espiritual. El «quietismo» consiste en la voluntad de asimilarse totalmente a Dios hasta la identificación, en la pasividad total, en la que desaparece la voluntad del hombre; desdeña la acción y la oración, pues la absorción en Dios hace inútil cualquier intento de vida moral y espiritual, de forma que el hombre puede disfrutar sin esfuerzo la paz en Dios (P. Dudon, Le quiétiste espagnol Michel Molinos, París, 1921). En 1685 esta doctrina fue sometida al examen de la Inquisición y, por la bula Coelestis Pastor de 19 de noviembre de 1687, Inocencio XI prohibió las obras de Molinos y condenó sesenta y ocho proposiciones sacadas de las mismas. Molinos abjuró de sus errores y fue condenado a encierro perpetuo en un monasterio.
En el orden disciplinar publicó múltiples edictos para exigir la reverencia debida en los templos durante la celebración de los divinos oficios, dispuso que todos los obispos residentes en Roma se trasladasen a sus sedes, fomentó la predicación y la enseñanza del catecismo, ordenó que los obispos no confiriesen órdenes sagradas salvo a los que tuvieran un beneficio congruo o patrimonio y dio nuevas normas sobre la beatificación y canonización. Canonizó a san Pedro Regalado (1390-1456) y beatificó a Toribio de Mogrobejo (1538-1606).
Inocencio XI hizo pocos dispendios en el fomento de las artes, por lo que tampoco mantuvo relaciones especiales con Bernini. El anciano maestro recibió, en cambio, un gran disgusto cuando el papa le ordenó que vistiera a la Verdad desnuda de la tumba de Alejandro VII, en la basílica de San Pedro. Su severidad, que recordaba el rigorismo jansenista, le llevó a prohibir las fiestas de carnaval y las representaciones de teatro y ópera, cosa que le atrajo el disgusto de los romanos. Sin embargo, su pontificado fue uno de los más importantes del siglo xvii. Murió Inocencio XI en Roma el 12 de agosto de 1689 y fue enterrado en la basílica de San Pedro.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.