Clemente IX (20 junio 1667 - 9 diciembre 1669)
Personalidad y carrera eclesiástica. Julio Rospigliosi nació en Pistoya el 27 de enero de 1600. Perteneciente a una familia noble, cursó sus primeros estudios en el colegio romano de la Compañía de Jesús y después se matriculó en la Universidad de Pisa, donde se licenció en filosofía y teología. Pasó luego a Roma y, con el apoyo de los Barberini, inició la carrera curial: secretario de la Congregación de Ritos (1631), refrendatario de las Signaturas de gracia y justicia (1632) y canónigo de Santa María la Mayor. En 1635 fue nombrado secretario de breves ad principes, consultor de la Penitenciaría apostólica (1641) y vicario capitular de Santa María la Mayor (1643). En 1644 fue designado arzobispo titular de Tarso y nuncio apostólico en España (1644-1653), donde consiguió grangearse la estima de Felipe IV (1621-1665) y de la corte española. En 1653 volvió a Roma y fue nombrado gobernador de la ciudad durante la vacante producida por la muerte de Inocencio X. El nuevo papa Alejandro VII le designó secretario de Estado y el 9 de abril de 1657 le concedió la púrpura cardenalicia del título de San Sixto, y en el desempeño del cargo consiguió ganarse la simpatía de Luis XIV de Francia, sin perder la benevolencia de Felipe IV de España.
Al morir Alejandro VII (1667), el cardenal Rospigliosi fue elegido papa gracias a la inusual convergencia de los intereses españoles y franceses, y con el apoyo del cardenal Azzolini, que era una de las cabezas rectoras del grupo de cardenales políticamente independientes («el escuadrón volante») que en la elección buscaba ante todo la defensa de los intereses de la Iglesia. Elegido el 20 de junio de 1667, escogió el nombre de Clemente IX, fue coronado el 24 de junio y el día 3 de julio tomó posesión de San Juan de Letrán. El nuevo papa poseía un carácter manso, y fiel a su nombre quiso ser condescendiente con los otros, pero no con él mismo, reflejo de la divisa que adoptó: «Clemente para todos, menos para sí y para los suyos.» Carlos Maratta hizo a Clemente IX uno de los más bellos retratos papales, y de su rostro irradia no sólo la bondad sino también el cansancio y la resignación de un hombre que, habida cuenta de su precario estado de salud, sólo podía ser un papa de transición.
La política eclesiástica. En el gobierno de la Iglesia introdujo pocos cambios. Recompensó al cardenal Azzolini nombrándole secretario de Estado y mantuvo en sus puestos a los principales responsables de la curia. Reorganizó la Congregación de religiosos y estableció una nueva encargada de todo lo concerniente a indulgencias y reliquias (1669). A los miembros de su familia les favoreció con moderación.
La política eclesiástica se orientó a la defensa contra los turcos y a la pacificación de las potencias católicas. Los turcos se habían adueñado ya de la mayor parte de la isla de Creta y preparaban el asalto a su capital Candía, que continuaba todavía en manos de Venecia. Clemente IX se esforzó con poco éxito por lograr una acción conjunta de ayuda por parte de las potencias católicas; le dieron buenas palabras pero la poca ayuda que se envió resultó insuficiente y la fortaleza de Candía tuvo que rendirse en septiembre de 1669. Hizo grandes esfuerzos para lograr la reconciliación entre Francia y España, que se vieron coronados por la presencia y mediación del nuncio Franciotti en la conferencia preparatoria del tratado de Aquisgrán (1668). También intervino en la firma de la paz de España y Portugal (1668), que implicó el reconocimiento de la independencia portuguesa. Clemente reconoció al nuevo monarca y confirmó la elección de los obispos portugueses nombrados durante la guerra de secesión.
Clemente IX fue un papa conciliador pero sin perder de vista la defensa de los intereses de la Iglesia. La controversia jansenista no acabó con el formulario impuesto por la bula Regiminis Apostolici (1665) de su antecesor. Con el nombramiento de Clemente IX, tras difíciles negociaciones presididas por el nuncio Bargellini, se llegó a un compromiso al menos externo y aparente. Los obispos que se habían negado a firmar el formulario enviado desde Roma por Alejandro VII aceptaron aquel documento, pero simultáneamente y en un protocolo secreto expresaron su convicción íntima, fiel a la tesis del silencio obsequioso. Clemente IX, a pesar de las dudas sobre la sinceridad de este acto, no quiso provocar ulteriores dificultades y acabó por aceptar este tipo de sumisión, declarando en enero de 1669 su alegría por la reconciliación lograda (Pax Clementina).
Clemente IX aumentó el catálogo de los santos con la canonización de san Pedro de Alcántara (1499-1562) y santa María Magdalena de Pazzi (1669), y la beatificación de Rosa de Lima (1586-1617), la primera mujer de América elevada a los altares (1668).
El papa Rospigliosi era amigo de las artes y de las letras. Su arquitecto preferido fue Bernini, ya anciano pero de gran capacidad creadora. A él encomendó la terminación de la columnata de San Pedro y la decoración del puente de Sant’Angelo con diez grandiosas estatuas. Financió las obras de restauración de la basílica de Santa María la Mayor. Entre los hombres de ciencia favoreció al gran erudito Allatius, al que nombró custodio de la Biblioteca Vaticana; al polifacético jesuita alemán Kircher, orientalista y astrónomo; a Cassini y a otros muchos. Se interesó por la fundación de una academia para el estudio de la historia de la Iglesia y prestó su valioso patrocinio al grupo de sabios y literatos que rodeaban a Cristina de Suecia. Murió en Roma el 9 de diciembre de 1669 y fue sepultado en la basílica de Santa María la Mayor.
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