Celestino III (marzo 1191 - 8 enero 1198)
Elección. Jacinto Boboni-Orsini, cardenal diácono, tenía 85 años de edad cuando fue elegido por sus condiciones conciliatorias. Era discípulo de Pedro Abelardo, a quien, con gran indignación de san Bernardo, defendiera en el sínodo de Sens (1140). Celestino II, que fuera su compañero de estudios, le promovió cardenal y, desde entonces, prestó muy grandes servicios a la Iglesia por su habilidad negociadora. Adriano IV, Alejandro III y Federico Barbarroja depositaron su confianza en él y santo Tomás Becket dijo en cierta ocasión que era uno de los dos cardenales incorruptibles. Fue ordenado sacerdote y consagrado los días 13 y 14 de abril de 1191, tomando el nombre de Celestino en honor de quien fuera su amigo. Enrique VI se hallaba entonces a las puertas de Roma, esperando ser coronado emperador y, aunque el papa tenía ciertas reservas al respecto, consintió en celebrar la ceremonia al día siguiente de su propia elevación al solio (15 de abril 1191).
Discordia con el emperador. Enrique VI tenía prisa por marchar hacia el sur para tomar posesión de la herencia de su mujer, ya que Tancredo se había proclamado rey sin que el papa hubiera formulado ninguna oposición. Celestino trató de disuadir al emperador, no tuvo éxito y al final el joven Enrique sufrió una derrota y Constanza quedó prisionera de Tancredo, que al poco tiempo la libertó. Durante el viaje de retorno a Alemania, el emperador celebró una entrevista con Felipe II de Francia en Milán, y aquí acordaron una estrecha alianza contra los enemigos comunes. Apuntaban de una manera especial a Ricardo Corazón de León, aliado de Tancredo. Una de las consecuencias de este acuerdo sería la prisión de Ricardo cerca de Viena, cuando trataba de regresar a su reino. Esta prisión constituyó un gran escándalo y Celestino III amenazó a Leopoldo de Austria (1157-1194) con la excomunión si no liberaba al cautivo; lo que hizo el margrave fue entregarlo al emperador.
A esta fuente de discordia se sumó otra cuando, al vacar el obispado de Lieja, se produjo una elección disputada. Enrique VI intervino para desechar a los dos candidatos y designar directamente a Lotario de Hochstaden. El candidato que reunió más votos, Alberto de Brabante, apeló a Roma, y Celestino III, reconociendo su derecho, le confirmó obispo. Alberto se hizo consagrar en Reims porque el emperador había prohibido su entrada en Lieja y, al cabo de poco tiempo, murió asesinado. Aunque Enrique prestó juramento exculpatorio, la voz pública le acusaba, pues los asesinos fueron condenados únicamente a una leve pena de destierro. Se tenía la sensación de que el emperador trataba de retorcer las condiciones de Worms, convirtiendo su «presencia» en las elecciones en nombramientos directos. Precaviéndose ante un posible enfrenlamiento, Celestino III reconoció a Tancredo como legítimo rey de Sicilia y firmó con él un acuerdo (Gravina, julio de 1192) muy favorable para la soberanía pontificia.
P. Fabrc, L. Duchesne y G. Mollat (Le Líber censuum de l’église romaine, París, 1952) otorgan una decisiva importancia a este pontificado, en un aspecto concreto. Como sabemos, Cencio Savelli estaba al frente de la Cámara; Celestino le confirmó encargándole además una reforma a fondo, que comenzó con una estima rigurosa de los recursos. Antes de 1192 se había concluido el Líber censuum, que es el registro minucioso de las 682 propiedades del papa. Un proceso de centralización que se estaba aplicando también a los aspectos judiciales: la curia romana se estaba convirtiendo en el gran tribunal supremo de la cristiandad. Ante las monarquías en organización, la administración pontificia se convertía en un modelo a imitar.
Se desmantelan los Estados Pontificios. Cien mil marcos tuvo que abonar Ricardo Corazón de León al emperador por su rescate; sus vasallos hicieron en esta ocasión un gran esfuerzo. Con este dinero, y aprovechando la muerte de Tancredo (20 febrero 1194), pudo Enrique VI organizar su segunda expedición a Sicilia, esta vez con éxito. El día de Navidad de 1194 se hizo coronar rey en esa misma catedral de Palermo donde hoy yace enterrado. Al día siguiente la reina Constanza alumbraba al que sería Federico II. Los antiguos dominios de la Iglesia en el Realme fueron desmantelados y se procedió a una desmembración de los Estados Pontificios. La reina Constanza fue reconocida como reina y regente de Sicilia; los antiguos dominios de Matilde se cambiaron en ducado de Toscana entregado al hermano del emperador, Felipe de Suabia (1177-1208); Conrado de Urslingen fue designado duque de Spoleto, mientras que Markward de Anweiler se titulaba marqués de Ancona y duque de Romagna.
Poco quedaba en pie del Patrimonium Petri, sometido todo él al «honor del Imperio» y distribuido arbitrariamente. Pero Enrique buscó la conciliación presentando en 1196 al papa un gran proyecto de cruzada: aquella que daría a la cristiandad, es decir, al Imperio, la Tierra Santa y los dominios de Oriente, donde ya León de Armenia y Amalrico de Chipre se habían declarado vasallos. Celestino no podía rechazar la oferta ni tampoco dejar de temer sus consecuencias. Presentó quejas por el tremendo despojo sufrido y por la opresión a que estaban siendo sometidos los obispos en Sicilia. Entonces Enrique le propuso una solución: que el papa renunciase a todos estos dominios, recibiendo en cambio una renta fija cargada sobre los ingresos de las catedrales mayores: una solución que consistía en obligar a otros a compensar por el despojo padecido. En Alemania estas acciones de Enrique VI y, sobre todo, el plan que se advertía de transformar Alemania c Italia en una sola y gran monarquía hereditaria, comenzaba a despertar una nueva oposición. De pronto, como una demostración de la fragilidad de las cosas de este mundo, Enrique VI murió el 28 de septiembre de 1197, precediendo en pocos meses a Celestino III.
Este papa puede considerarse como un fuerte impulsor de la paz en todos los reinos, aunque con mediano éxito. Por ejemplo, aunque declaró nulo el divorcio de Felipe II con su primera esposa, Ingeborg de Dinamarca (mayo de 1195) no fue obedecido. Intervino en España para que cesaran los enfrentamientos entre Portugal, León, Castilla y Navarra a fin de formar un frente único contra los almohades, y obtuvo buenas palabras y no mucho más. Tampoco consiguió hacerse obedecer por Ricardo, que buscaba a todo trance la venganza contra Francia. Convencido de que nada de esto conducía a mayor prestigio de la Sede Apostólica, en el verano de 1197 propuso a los cardenales abdicar, aigo que ellos rechazaron. Y sin embargo debe decirse que, aunque las circunstancias no le favorecieran, había conseguido ser un hombre de paz.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.