Violencia
El primero de los grandes males de nuestro tiempo, la gran peste que nos aflige, es la violencia en todas sus formas. Empieza por la violencia política, que ha producido las crueles aberraciones del terrorismo —tengo todavía en mi retina la imagen de la sangre de los inocentes asesinados en sus lugares de trabajo, en las aulas universitarias o a poca distancia de sus casas—, y llega hasta la violencia criminal que, bien por rapiña, por venganza entre bandas rivales, también llena de sangre nuestras calles y nuestros hogares. Y se extiende hasta la violencia infligida a la vida naciente, que constituye una de las dolorosas y amargas pestes de nuestro tiempo y que se cobra un montón de víctimas indefensas y sin voz. Luego viene la violencia social, que se manifiesta en todas las formas de injusticia, sobre todo en perjuicio de aquellos que no pueden defender su trabajo o sus ahorros, e igualmente esa forma de violencia implícita dentro de las estructuras económicas que tolera la muerte por hambre de millones de personas. Finalmente, síntesis de todas las violencias y aberraciones sociales, la guerra, que cubre de sangre tantos países del mundo, y que también está presente entre nosotros, en esos peligros de muerte que constituyen los arsenales de armas, que tienen la capacidad de destruir a la humanidad. Una plaga sin precedentes en la historia, capaz de dejar pálidos los más atroces relatos de la peste de san Carlos o la que describió Manzoni.
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