Vida
He aquí cómo el apóstol describe con pocas palabras la vida nueva que a todos nos gustaría vivir y que esperamos pueda convertirse en la regla general de la humanidad: «Vivir con sobriedad, justicia y piedad en este mundo». En el centro de las tres características de la vida nueva está la justicia: la justicia es conformarse a todo lo que es justo, a las leyes divinas y humanas, es portarse como es debido en cualquier circunstancia, es dar a cada cual lo que le corresponde. La justicia es, por tanto, la virtud reguladora de todas las relaciones. En ella está la raíz de la paz. Vivir en la justicia significa vivir hallando siempre la regla de conducta respecto a los valores, las personas, las situaciones y los objetivos. La piedad significa tener familiaridad con Dios, sentir su intimidad, con gusto y con alegría. Significa vivir las relaciones de justicia no con un rigor frío, sino como transparencia de la bondad y la ternura de Dios en la vida diaria, en todas las horas del día y no solamente durante la oración. Finalmente, la sobriedad es la templanza, la sabia utilización de los bienes de este mundo. No se trata de rechazar ningún bien temporal: más bien estamos llamados a valorar las cosas según su importancia y su mérito, a saber ejercer el control y la disciplina sobre nuestros deseos: disciplina de los sentidos, del cuerpo, del espíritu, de la vida, orden en las cosas, de forma que podamos vivir la justicia en el calor de la familiaridad con Dios. Siguiendo con el texto de san Pablo, nos preguntamos: ¿es posible vivir estas realidades «en este mundo», en esta sociedad, en todo momento? San Pablo responde: «Se nos ha manifestado la gracia de Dios». Es decir, la vida nueva es un don, una concesión gratuita que Dios nos hace. No es simplemente un ideal que nos propongamos y del que sabemos inexorablemente que estamos muy lejos: es una gracia que se nos ha manifestado.
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