Martirio
El martirio es un testimonio pacífico, ofrecido a Cristo con la propia vida, en situaciones de polémica y de ruptura insalvables. Un testimonio pacífico, es decir, hecho con amor, sin violencia. No es mártir el que muere con las armas en la mano, aunque fuera por una causa que él considera justa. La Iglesia nunca ha honrado como mártires a los cruzados. Testimonio ofrecido a Cristo con la propia vida en situaciones de ruptura, el martirio se produce cuando el diálogo cesa. Eso fue lo que ocurrió con el primer mártir, Esteban, como narran los Hechos de los Apóstoles. Esteban está hablando, y de repente es interrumpido: «Dando grandes gritos, se taparon los oídos y se arrojaron a una sobre él». Esteban ya no consigue hablar: sus interlocutores no quieren seguir escuchando y actúan contra él violentamente. Por otra parte, también el martirio se funda en la primacía del amor que, cuando se transforma en amor supremo, ofrece el sacrificio de la vida. El martirio expresa la coherencia de la fe, que exige no desmentir nunca, por ningún motivo, al Señor Jesús ante los hombres. Pero los hombres a menudo sucumben al poder de las tinieblas y tienden a apagar la luz. Por tanto, el martirio está potencialmente contenido en la confesión cristiana, en el bautismo y en la confirmación, aunque tal vez no nos demos cuenta de ello. La bienaventuranza que en el evangelio de Mateo resume todas las demás, casi interpretándolas, dice así: «Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos». El martirio está expresado aquí como símbolo del hombre nuevo, y no solamente un símbolo abstracto, sino concreto. En efecto, el mismo evangelista dice más adelante: «Tened cuidado, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas. Seréis llevados por mí causa ante los gobernadores y reyes, para que deis testimonio, ante ellos y ante los paganos. Todos os odiarán por causa mía, pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará». Jesús prevé todo esto para su Iglesia, y la historia nos dice hasta qué punto tenía razón.
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