Inteligencia
Cuando el muchacho —a través de una acción educativa que utiliza todos los medios a su disposición— toma conciencia de que tiene la libertad de poder dar una respuesta personal y distinta de lo que la mentalidad corriente propone, entonces se vuelve extraordinariamente fuerte. Es una elección que él ha tomado a pesar del ambiente y de las circunstancias difíciles. No basta educar simplemente para la fe, la oración, la santidad; hoy es necesaria, más que nunca, una «santidad de la inteligencia». El adolescente tiene que poder «desarmar» los mecanismos culturales que le rodean y saber captar su superficialidad: hace falta una escuela que enseñe a razonar y a pensar. Aquí la escuela católica tiene una tarea formidable, porque, si no consigue educar en el sentido crítico de la realidad, los chicos se dejarán llevar por mil cosas. Cuando el esfuerzo educativo de la escuela se une al esfuerzo de la comunidad cristiana, de la comunidad parroquial, de la catequesis, entonces la educación se hace posible y produce unos magníficos resultados. Actualmente tenemos un número considerable de jóvenes que ha hecho suya una realidad de Iglesia y de vida mucho mejor que las generaciones anteriores. Todo esto debe llenarnos de esperanza.
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