Evangelio
El evangelio es la realidad más profunda de la que todo procede: es decir, la iniciativa divina que nos salva, viene a nuestro encuentro y se nos da a conocer. Esta iniciativa salvífica de Dios es la raíz de todo, el origen de todo, el punto de referencia de todo, la realidad en cuya luz todo ha de verse y juzgarse. Es la buena noticia —como decía el profeta Isaías— que cambia la vida y llena de gozo; es corona en lugar de ceniza, aceite de alegría en lugar de traje de luto, canto de alabanza en lugar de corazón triste. Es la perla preciosa a cambio de la cual, llenos de gozo, sin pensarlo, se vende todo; es el tesoro escondido en el campo por el cual se hacen locuras con tal de poder adquirirlo. La buena noticia del evangelio es el centro, el corazón, la fundamental y única preocupación del ministerio del obispo, de la acción de la Iglesia. Es la primera ortodoxia de la que el obispo se preocupa, a fin de que sea auténticamente proclamada y se refleje en cada acción, estructura y movimiento de la Iglesia. Aun antes de asegurarse que el mensaje sea anunciado con las palabras correctas, el obispo pone mucho cuidado en que el mensaje mismo en su realidad sea resplandeciente y visible. Todo esto es muy importante. De hecho significa que en todos los ámbitos de la Iglesia —desde la proclamación de la Palabra hasta los actos de servicio, desde la catequesis hasta las últimas determinaciones de la disciplina y del culto, desde la formulación de la vivencia cristiana hasta las estructuras administrativas, económicas y jurídicas— lo que importa es preguntarse si aquello que se hace expresa el evangelio.
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