Encuentro
Hay que recuperar la dimensión del encuentro. En efecto, el encuentro con pueblos de otra cultura, que tienen una mentalidad profundamente distinta, y unas actitudes diferentes a las nuestras ante los acontecimientos de la vida, no se produce sólo en el campo de la tecnología o del simple trabajo en común, aunque éste sea fraterno. El encuentro auténtico y verdadero se realiza en lo más hondo, en las raices de la persona, en lo que ella es y no solamente en lo que hace o produce. La escucha atenta y paciente de culturas distintas, la capacidad de intuir sus potencialidades para poder caminar juntos, la rara cualidad de eslar con otros sin imponernos, son todos dones de Dios que sólo una búsqueda de lo esencial puede granjearnos. Como el Señor Jesús, que al amanecer se iba solo al monte, el hombre comprometido sabe hallar el espacio necesario para esta dimensión, que nos hace percibir la presencia de aquel que nunca está ausente de la verdadera vida, y la vanidad de las cosas desarraigadas del proyecto de Dios: la dinámica de la conciencia y de la presencia.
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