Dios
Aquel al que nosotros llamamos Dios, ese ser misterioso e indefinible porque está por encima de toda palabra humana, es el que encierra el secreto, la raíz, la fuerza, la causa, el significado de todas las cosas. Es el que ha escudriñado todo el camino de la sabiduría y se la ha otorgado a su siervo Jacob... Por eso la sabiduría «ha aparecido en la tierra y ha vivido entre los hombres». Cuando leemos estas palabras profeticas, escritas cientos de años antes de Cristo, en seguida nos inclinamos a ver en ellas una predicción de la encarnación de Jesús. En efecto, ¿cuál es esta sabiduría que ha aparecido en la tierra y ha vivido entre los hombres? Es Jesús de Nazaret, sabiduría eterna, que ha vivido en medio de nosotros. Por eso, muchos Padres de la Iglesia y muchos exegetas han interpretado este versículo como una profecía directa de la encarnación. Sin embargo, puede que aquí no se hable sólo de la encarnación de Jesús, sino de todas esas formas de la revelación de Dios que culminan en Jesús, y que constituyen auténticas presencias de la sabiduría y de la verdad de Dios en las realidades y estructuras humanas, por tanto en la ley de Israel (realidad histórica escrita en libros, escrita por hombres, pero en la que resplandece la sabiduría de Dios) y en las estructuras históricas de este pueblo. La sabiduría de Dios —que en Jesús se ha manifestado de manera plena, definitiva, absoluta, luminosa— sigue extendiéndose en las estructuras, en las realidades, en los organismos históricos de los pueblos. Esto significa que el hombre puede buscar esta sabiduría y hacerla suya; y toda la investigación científica e histórica, todo el progreso cultural, todo el anhelo hacia la verdad, es búsqueda y acogida de esta sabiduría.
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